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La cárcel quiere que todos los presos se integren en programas de buena conducta

Una importante disminución del número de reclusos, que roza el 30%, permite generalizar los llamados módulos de respeto.

el 24 jul 2011 / 21:43 h.

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La formación profesional es fundamental para la reinserción.

La nueva directora de la cárcel de Sevilla lo tiene clarísimo: quiere que todos los presos acepten integrarse en los programas de buena conducta de los llamados módulos de respeto, unidades carcelarias que permiten más libertad y ventajas en las rutinas diarias -incluidos los permisos de salida- a cambio de cumplir un férreo código de conducta. Ahora, de los 20 módulos de la cárcel sólo tres son de respeto, una filosofía que comenzó a implantarse en Sevilla en 2007 y que la nueva responsable del centro, Ana Isabel Martín, quiere "generalizar", dando prioridad al de jóvenes, "desde ya, antes de final de año".

Los módulos de respeto son lo contrario de cómo uno se imagina una cárcel: no hay peleas, gente aburrida dando vueltas en el patio ni órdenes de los funcionarios de prisiones. Hay muros de colores, macetas, celdas con las puertas abiertas y reclusos barriendo, pintando, ordenando o estudiando. Se ingresa voluntariamente, firmando un compromiso escrito, porque cualquier ruptura de las normas supone la expulsión: las peleas están proscritas -se dan cursos de resolución de conflictos para evitarlas-, se hacen controles de drogas aleatorios porque están estrictamente prohibidas y los internos se organizan el tiempo, pero sin estar nunca ociosos.

Los propios presos redecoran los módulos de respeto que se ponen en marcha y establecen las normas y las rutinas, que se discuten en asambleas diarias en las que dirimir cualquier conflicto. La intervención de los funcionarios se reduce al mínimo, en un intento de crear un ambiente propicio para la reinserción, que es la función principal de la cárcel.

El espaldarazo que necesitaba la iniciativa, que comenzó hace cuatro años con un único módulo para el que se seleccionó a 40 presos entre los de mejor conducta, ha sido la importantísima reducción del número de reclusos de esta cárcel: de los 1.800 que ha tenido de media en los últimos años, ha pasado a contar con unos 1.300, casi un 30% menos.

Los motivos son la apertura del centro penitenciario de Morón de la Frontera, convertido ahora en el mayor de la provincia y al que se han ido derivando internos de la históricamente saturada cárcel de Sevilla; y del Centro de Inserción Social, donde duermen los reclusos en tercer grado, ambos inaugurados hace tres años, en 2008. A ello se suma la reducción de la población penitenciaria en todas las cárceles españolas.

"Vamos a dar a conocer a los internos qué son, ya que no todos lo saben, y estoy segura de que va a funcionar porque cuando ingresan ninguno quiere salir; en ellos viven mejor", dice la directora, que se muestra "optimista" y cree que serán pocos los que mantengan conductas inadaptadas y se nieguen a participar. En estos módulos es esencial "que el interno esté motivado para mejorar", de ahí que sean voluntarios.

Martín tiene especial interés en aplicar esta filosofía a los jóvenes, porque está comprobado que si se trabaja bien con los internos de 18 a 21 años el grado de reinserción es muy bueno y pocas veces vuelven a reincidir. Darles cursos de alfabetización, de autoestima e inserción laboral y de resolución de conflictos "para canalizar bien toda la energía que tienen, y que hasta ahora han invertido en otras cosas", es fundamental. "Muchos nunca han ido al colegio ni aprendido un oficio, les ha sido fácil caer en el delito. Aquí tienen una segunda oportunidad".

Los cursos de formación profesional son fundamentales, porque les permiten vislumbrar un futuro fuera de prisión. E incluso dentro, porque tras seguirlos pueden trabajar para el centro penitenciario, cobrando. Los hay de tapicería, albañilería, pintura, soldador-alicatador... "Todos muy prácticos", aclara la directora.

En paralelo se están potenciando módulos terapéuticos para salir de las adicciones, que también pueden ser de respeto. Andrés, el psicólogo que está haciendo los grupos, negocia con la directora -él quiere que sean reducidos para trabajar mejor, y ella que sean amplios para abarcar a más internos- mientras explica que tienen perfiles distintos, desde los jóvenes que consumen drogas blandas a quienes llevan décadas enganchados a las más duras, pero coincide en que el paso principal para que la terapia funcione es que asuman que necesitan cambiar. Justo lo que propician los módulos de respeto.

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