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La Casa Grande no lo era tanto

En realidad la Casa Grande no lo ha sido tanto; para empezar, tomó en el XIX ese nombre no de la magnitud de su poder sino del mote del convento principal de los franciscanos, su casa grande...

el 15 sep 2009 / 08:28 h.

En realidad la Casa Grande no lo ha sido tanto; para empezar, tomó en el XIX ese nombre no de la magnitud de su poder sino del mote del convento principal de los franciscanos, su casa grande, cuyas tapias sobrepasaban la Plaza Nueva y llegaban hasta la espalda del hotel Inglaterra. Tres siglos más atrás, la piedra que hoy se desmorona reiteraba el lábaro con la leyenda S.P.Q.H. -el Senado y el Pueblo de Sevilla-, o sea, los veinticuatro Caballeros senatoriales y los Jurados, representantes de los barrios de un cabildo municipal que se propuso hacer de Sevilla la cabeza de España del mismo modo que el catedralicio quiso, con el proyecto de locos que nos muestra el plano recién descubierto, quitar la primacía eclesiástica a Toledo.

Sevilla hubo de ver en su grandeza cómo su poder se achicaba: la Casa de la Contratación, el Almirantazgo, la potencia de otras casas (las nobles) o las intromisiones reales fueron arrinconando a la representación de sí misma, mientras la intolerancia se adueñaba de su plaza mayor, la de San Francisco, para convertirla en lugar infame de condena con la Casa Grande como última condenada. Ni los sevillanos nos dábamos cuenta de su deterioro ni de que era -es- el edificio peor iluminado de toda la ciudad. Esa rehabilitación que se proyecta no tendría que ser sólo de limpieza e iluminación; también el final de una larga penitencia. De un sambenito.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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