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'La casta de los Metabarones': Culebrón intergaláctico

el 12 mar 2010 / 19:43 h.

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Con una trayectoria que les había llevado a ser dos figuras muy reconocidas dentro del mundo del cómic, los caminos de Alejandro Jodorowsky y Juan Giménez nunca se habían cruzado hasta que en 1993 el escritor (actor, filósofo, dramaturgo, poeta, director de cine, guionista de cómics, instructor del tarot, mimo, psicoterapeuta y psicomago...¡menudo currículo!) se propuso recuperar un personaje que había creado años antes junto a Moebius en la serie El Incal: el Metabarón.


En dicha serie (puntal dentro de la ciencia-ficción de los ochenta y una de las mejores en las que se ha visto implicado el gran dibujante francés Jean Giraud/Moebius), el Metabarón era un mercenario que era enviado para asesinar al protagonista. Pero Jodorowsky vió enseguida el potencial que  un hombre educado para ser el asesino perfecto podría tener. Y así es como nace La casta de los Metabarones, una serie que se publicó originalmente a lo largo de diez años y que abarca a cinco generaciones de una familia.


Puesta por Jodorowsky en boca de un robot siervo del último metabarón, la saga de los Castaka (pues así se llama la familia) arranca en el primero de ellos, Othon el tatarabuelo; avanzando después, y en cada uno de los ocho volúmenes en que se dividía originalmente, a través de Honorata (la tatarabuela); Agnar (el bisabuelo); Oda (la bisabuela); Cabeza de Hierro (el abuelo); Doña Vicenta Gabriela de Rokha (la abuela); Aghora (el padre-madre) para llegar así a Sin Nombre, el último metabarón.


Preñada de la verborrea que tanto ha caracterizado siempre al escritor chileno, el halo de culebrón televisivo impregna de forma indeleble la mayor parte del relato, algo que Jodorowsky esconde de forma hábil tras el velo de saga intergaláctica con todo lo que ellas suelen incluir: combates a muerte entre seres superpoderosos, batallas espaciales entre millares de naves, intrigas políticas para hacerse con el control del universo, amores desaforados a primer golpe de vista, traiciones entre amantes de esas que nunca se perdonan... y todo ello bajo la clara influencia de títulos como La guerra de las galaxias o el Dune de Herbert.


Ahora bien, si hay algo que separa de forma decisiva a La casta de los Metabarones de cualquier otro título de ciencia-ficción épica eso es el dibujo de un Juan Giménez que asombra en todas y cada una de las más de 500 páginas en las que se alarga la narración.
Curtido en el género desde principios de los ochenta, cuando Giménez llega a los Metabarones está en el pináculo de su carrera, algo que demuestran sobradamente las portentosas caracterizaciones de todos los protagonistas, los asombrosos diseños de maquinaria y vestuario (con inspiraciones que llegan hasta tocar el milenario arte de vestir japonés) y la espectacularidad con la que es capaz de cuajar todas y cada una de las criaturas y escenarios que Jodorowsky es capaz de inventar en un trabajo que es una maravilla visual. 

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