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La casta de Miguel Ortega y los 'soníos' negros de Manuel Castulo

el 02 sep 2012 / 19:06 h.

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El Festival de Cante Jondo Antonio Mairena tiene aún que corregir cosas, como su excesiva duración y esa manía de dar homenajes, aunque sean merecidos, como el ofrecido a la Fundación Cruzcampo, que recogió don Julio Cuesta. Han mejorado el trato a los medios de comunicación y no se hace la programación a base de talonario. Entre otras cosas, porque las arcas del Ayuntamiento están vacías.

Sin embargo, en la noche del pasado sábado quedó claro que hay jóvenes artistas que pueden dar una buena velada de cante, baile y toque, combinando el obligado recuerdo a Antonio Mairena con otras maneras de entender el cante y el baile. Argentina y la Lupi no son precisamente de la estética mairenista, pero le dieron otro aire al festival. Y no digamos el cantaor palaciego Miguel Ortega, que vino a sustituir a Antonio Reyes, ausente del cartel por una gastroenteritis, se apretó los machos y acabó convirtiéndose en el triunfador. Es bajito de cuerpo, pero se agiganta cuando saca el metro y medio que esconde bajo sus pies y su casta de cantaor.

Con el guitarrista Manuel Herrera, hizo un buen cante del Marrurro por seguiriyas, la lió con las bulerías del Turronero y emocionó por fandangos de Toronjo. La representación mairenera de este año corrió a cargo de los cantaores José Navarro y de Manuel Castulo. El primero me gusta porque no imita a Mairena y, sobre todo, porque canta a compás. Cantó demasiado forzado, pero hizo cosas meritorias por soleá, cantiñas y bulerías. Manuel Castulo es uno de los cantaores maireneros que mejor suenan. Fue quien puso el cante más puro, el de más enjundia, demostrando que en los cantes por soleá y seguiriyas no hay que pegar voces, sino rebuscarse por dentro, colocar bien la voz, controlar el volumen y, sobre todo, emocionar. Estuvo maestro cantando tientos y tangos, soleá y seguiriyas.

La cantaora de Huelva Argentina hizo un directo estupendo, de una perfección técnica extraordinaria, con dos guitarras magníficas, las del Bolita de Jerez y el sevillano Eugenio Iglesias, y cuatro palmeros espectaculares, el Torombo, Carlos Grilo y los Mellis de Huelva, que le dieron una buena base rítmica para que destacara en tientos-tangos, cantiñas y bulerías, palos en los que tiene un gran dominio de la voz y el compás. El problema de esta cantaora es cuando se queda sola con el guitarrista, como en la soleá y en la seguiriya, donde se perdió dando voces y sin comunicar. Jesús Méndez llenó el patio de la Casa Palacio con su voz espectacular y recordó a Mairena en su famosa soleá de Charamusco. Emocionó al público, desde luego, en bulerías por soleá y, sobre todo, cuando recordó al Sernita por seguiriyas, acabando con su famosa cabal para luego cantar muy bien por bulerías acompañado por una buenísima guitarra jerezana, la de Manuel Parrilla, y las palmas de Carlos Grilo y Diego Montoya.

Capítulo a parte merece la Lupi, bailaora malagueña. Poco vista por estas tierras, le dio al festival un aire folklórico en abandolaos y serranas, con castañuelas, y coreografías quizás un poco encorsetadas. Pero la malagueña gustó mucho, a pesar de que por aquí se estila más un baile sin tantas carrerillas y cortes. Cuando llegué a casa y me metí en la cama no podía conciliar el sueño. Los soníos negros de Manuel Castulo, envueltos en la inigualable música que le saca a su guitarra el Niño Elías, estaban todavía en mi cabeza. No sé si llegará algún día a llenar las plazas de toros, como Miguel Poveda, pero mientras en Mairena haya cantaores que suenen así y masquen el cante grande, seguiré bebiendo manzanilla en este pueblo, donde no se habita: se vive.

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