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La catedral acogió a María José Santiago en una hermosa zambomba flamenca

el 17 dic 2011 / 00:06 h.

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El numeroso público que acudió ayer al Altar de Plata de la Catedral de Sevilla acabó aplaudiendo en pie el recital que la cantante María José Santiago ofreció prodigando fuerza y emoción a partes iguales. Una hermosa zambomba flamenca, organizada por El Correo de Andalucía a beneficio de Cáritas Diocesana de Sevilla y Crecer con Futuro, en la que no faltaron algunos invitados de excepción que lograron, junto a la cabeza de cartel, conjurar el frío ambiental de la noche y calentar los corazones del respetable.

Abrió el concierto la banda acompañante de la peña El Garbanzo con un coro muy vistoso de voces cubiertas por túnicas de colores, y desde los primeros compases de Ya llegó la Nochebuena se puso de manifiesto un impecable sonido, que sería la tónica general.

A continuación, salió la propia María José Santiago para interpretar Mi niño Manuel, y se adueñó del escenario desde el minuto uno, haciendo valer sus tablas: no en vano, son varias las veces que ya ha cantado en el templo hispalense, con motivo de la Exaltación de la Saeta, si bien nunca había defendido un repertorio tan extenso.

Santiago es una intérprete de notables cualidades vocales, pero sobre todo de una enorme elegancia, que se deja ver incluso en el modo acompasado y sutil, casi imperceptible, con el que da instrucciones a la mesa de sonido. En villancicos como Mi niño Manué, Los caminos se hicieron o el popularísimo Patriarca Manuel –brindado en un tiempo muy sosegado, de gran belleza–, la jerezana evidencia su innegable flamencura, y al mismo tiempo su fuerte impronta coplera, de tal suerte que la mezcla produce unos ecos a la vez muy raciales y unas contenidas, gratas resonancias populares.

En un momento entre dos interpretaciones, la cantante saludó al alcalde Juan Ignacio Zoido, presente en el acto, al tiempo que agradeció al personal de El Correo de Andalucía –con su recién estrenado director, Juan Carlos Blanco, al frente– el trabajo desarrollado para hacer posible esta gran cita.

Acordándose de su paisano, el malogrado Fernando Terremoto, María José Santiago interpretó dos piezas muy de su tierra, dos letras originales del ya legendario cantaor, antes de invitar a salir a escena al jovencísimo y concurrido elenco de la Escolanía de Los Palacios, muy aplaudidos desde que pusieron un pie en escena.

María José santiago regresó a escena, esta vez luciendo un vistoso vestido rojo con mantón, para regalar una vibrante versión de Zarapatrin, perfumada de sugestivos aires atlánticos.

A esas alturas del acto, la venerable atmósfera de la Catedral se había caldeado notablemente, y la misma cantante, sin dejar de observar un riguroso respeto por el lugar en el que se hallaba, animó al público a que la acompañaran a las palmas y coros, con la venia del Cabildo.

Similar energía desprendió la protagonista de la noche y su numerosa compañía metiendo El reloj por bulerías, invitando a pensar que pocas veces estarán más cerca Santiago y La Plazuela del portal de Belén. También permitió esta pieza un gran lucimiento de la Escolanía, en la que se distinguía a algunos infantes disfrutando casi como si los Reyes Magos de Oriente hubieran venido por adelantado. Que no roneen los galos con Los chicos del coro: nosotros no tenemos que ir muy lejos para hallar unas voces tan o más celestiales. La intensidad creciente encontró su justo contrapunto con la salida a escena de la cantaora Esperanza Fernández. El rajo gitano de su voz elevó El tamborilero a los predios del escalofrío, tanto que María José Santiago confesó al apagarse los aplausos que “se le había hecho cortito” esta vez.Pero fue con Su cara divina cuando por fin los asistentes no pudieron reprimir el subidón y cantaron con la jerezana; cierto que con no poco pudor inicial, pero sin olvidar al final que la devoción también se canta, que siempre en tierras andaluzas se ha celebrado, se ha rezado e incluso se ha sobrellevado el sufrimiento cantando.

Todavía restaba una última sorpresa, la irrupción sobre las tablas del cantaor onubense Arcángel, a todas luces emocionado con el momento que le tocaba protagonizar: una interpretación de Los campanilleros que tuvo algo de ejercicio místico desde la jondura flamenca.Para rematar la brillante faena, María José Santiago brindó Sirva tu cuna –que concluyó a capella–, y otro guiño a Fernando Terremoto, Vente pa Belén (¿o era Jerez?), con dedicatoria al modisto habitual de la artista, Pepín Castillo. No hay en fin, mejor modo de empezar las fiestas: si al espíritu solidario se une el talento y la gracia artística, se puede hasta con el frío.

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