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"La censura franquista todavía tiene su efecto en la izquierdización de la cultura"

el 30 nov 2012 / 21:12 h.

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El escritor y periodista Julio Martínez Velasco, fotografiado esta semana en su estudio sevillano.
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Aunque muchos no le pongan el nombre, quienes con mayor o menor asiduidad acuden a los teatros de Sevilla se habrán encontrado en multitud de ocasiones con Julio Martínez Velasco (Sevilla, 1925). El decano de los críticos (en su caso, teatral) de España se mantiene en activo y muestra una sensibilidad especial con la creación de nuestros días. Entre función y función ha tenido tiempo además para organizar sus memorias y documentar la ajetreada historia de los escenarios de la ciudad en su reciente libro Aquellos viejos teatros sevillanos (Cuadernos escénicos).

–Observando la gran cantidad de teatros que detalla bien podría pensarse aquello de que, en esto, ‘cualquier tiempo pasado fue mejor’...

–Se equivoca. Cuando no había radio y el cine era mudo había muchos más teatros en Sevilla que ahora, cierto. Eran la única diversión del pueblo. Pero cantidad no significa calidad. Y durante demasiado tiempo los escenarios no fueron más allá de las obritas de los hermanos Quintero y de la repetición de melodramas lacrimógenos. Por no hablar de los actores, en los años 20 y 30, estos se formaban sobre las tablas, no eran profesionales, sólo ejercían un oficio lo mejor que sabían.

–Quedándonos entonces con lo mejor. ¿Era el Teatro San Fernando el mascarón de proa cultural de Sevilla?

–Claro porque tenía 1.200 localidades para una población de 150.000 almas. Era un teatro enorme en el que se hacía hasta ópera. Pero tampoco conviene olvidar el papel del Teatro del Duque, era un lugar muy popular. Tenía una compañía propia y poseía un convenio con el Apolo de Madrid, por lo que llegaban hasta él obras que se veían en la capital. Estaba, a su manera, en la vanguardia de la época. Murió, como tantos otros, con la aparición del cine sonoro.

–A diferencia de otros hombres de teatro, usted no guarda ningún rencor al cine, con el que se ha relacionado bien...

–La historia del teatro en Sevilla en el siglo XX empieza con la Exposición Universal del 29. Antes esto era un páramo con teatro del montón. En enero de 1930 el Teatro Llorens proyectó la primera película sonora. El público se volvió loco de la emoción. Aquello supuso la mayor crisis del teatro: ¡el cine había invadido su terreno incluyendo música y palabra! Por eso durante la República el teatro fue a menos, pero no por una cuestión política, no. Pero sinceramente yo me llevo bien con el cine, he escrito incluso guiones. Pero el teatro es otra cosa, ninguna función es igual, y sólo en él se puede admirar la creación viva de los artistas.

–Podría haber sido la música o el fútbol, pero fue el teatro. ¿Desde cuándo y por qué?

–Yo he sido hijo único y si mis padres iban al teatro tenían que llevarme con ellos. Mi padre fue director de la Banda Municipal de Río Tinto y le gustaba mucho la zarzuela y la ópera. Así descubrí que cuando se levantaba el telón aparecía otro mundo: primero un palacio, luego un bosque... Le pedí a los Reyes un teatrito de juguete y en nada ya estaba escribiendo mis propias obras.

–Usted, decano de los críticos de teatro, lamentará comprobar cómo este género periodístico cada vez está más ausente de los medios...

–Algún día los directores de los periódicos se darán cuenta de que los artículos de opinión, las entrevistas, las críticas y los análisis deberían ser el grueso de los contenidos, no las noticias, de esas estamos hoy saturados. Sin embargo, si los diarios tienen críticas éstas deberían servir para orientar a los lectores sobre los espectáculos que se ofrecen, no para decir si una creación es buena o es mala.

–O sea que de meter cuchillo... usted nada.

–¡Meter cuchillo! Claro, claro que sí. Pero yo prefiero arañar a los responsables del espectáculo con sutileza. Escribo entre líneas para que los actores y creadores entiendan en qué han fallado.

–¿Comprende la militante izquierdización de la cultura?

–Por supuesto. Pero hoy todo está más descafeinado. Ni hoy el socialismo es el de Pablo Iglesias ni la derecha es fascista. Pero la censura franquista todavía mantiene su efecto en la izquierdización de la cultura. Aquellos excesos censores durante 40 años –que yo mismo padecí en algunas de mis obras– todavía se están pagando. No podemos entenderlo de otra manera.

–Con tantas funciones en el cuerpo, ¿se ha aburrido hasta marcharse alguna vez?

–Aburrirme, aburrirme, no. Pero desasosegarme, sí. Mucho.

–Estamos en su estudio y cientos de libros nos vigilan. Confiese dónde se encuentra escondido el mayor tesoro...

–¿No ve que no hay uno solo? Son tantos que me es imposible escoger. Pero sí le diré que cuando me siento nervioso acudo a esa joya que es La Celestina, de Fernando de Rojas. Me relaja leer ese texto, tan humano y actual.

–¿Recibe usted a mucho dramaturgo en busca de consejo?

–Me perdonará la inmodestia... Una vez Adolfo Marsillach me dijo que él estrenaba sus obras en Sevilla para luego leer mi opinión y, en función de ésta, retocar lo que fuera necesario antes de presentarse en Madrid. Y sí, algunos me piden consejos. Pero también hay mucho ególatra que dicen que les he acusado de tal o cual cosa en lugar de agradecerme mi subterráneo pero positivo reproche.

–¿Le preocupa estar al día?

–¡Muchísimo! Tengo amigos de generación que no hacen más que hablar del pasado. Y venga el pasado una y otra vez. Yo no. Yo soy de 2012 y pronto, espero, que de 2013. Soy un hombre de mi tiempo y me adapto a lo que haga falta. Además, los escritores y algunos periodistas no nos jubilamos. Seguiré escribiendo hasta la muerte. Vaya que sí que lo haré.

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