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La ciudad de Triana

Triana, unida inexorablemente a Sevilla por el río y al océano por Sanlúcar de Barrameda durante miles de años, se levantó ayer en esa rebelión ritual que comenzó hace casi doscientos años.

el 15 sep 2009 / 04:25 h.

Triana, unida inexorablemente a Sevilla por el río y al océano por Sanlúcar de Barrameda durante miles de años, se levantó ayer en esa rebelión ritual que comenzó hace casi doscientos años. Saltó una reja invisible y partió hacia el otro lado, hacia la cuesta de Castilleja, la que ella misma creó extrayendo el barro para venderlo cocido en América. Volvía, como todas las primaveras, a ser ciudad. Si en los días de la Semana Santa son las imágenes titulares de las hermandades las que se encarnan y recorren las calles con vida propia vivificando de paso al barrio al que pertenecen y representan, en los días de Pentecostés es Triana la que realiza el milagro de su propia reencarnación.

El arrabal mantiene la esencia de polis griega y, por eso, echaba a andar en versión original y sin subtítulos hacia la rara acrópolis del Rocío. No hay tantas ciudades en el mundo y, desde luego, muchas de las que presumen de serlo no lo son. No son ciudades porque no están vivas y no están vivas porque no tienen una fiesta lustral que las transforme. Tienen fiesta, luego existen, podría haber escrito también Descartes si hubiera buscado el origen radical de las urbes. Triana lo atesora: quizás sea en el salón de los bailes perdidos de la intuición donde resurja la memoria de haber sido y ayer buscaba en la alegría de miles de gargantas su mar por caminos no trillados. Acaso su Atlántida.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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