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La clave es el amor

El profesor de piano Jesús Carrasco lanza al mercado musical la banda sonora de la crisis: ‘Rach in love’, un monumento a la emoción.

el 07 mar 2012 / 19:25 h.

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"Es posible que estemos buscando un punto de encuentro para la tristeza colectiva, en estos tiempos de crisis en los que tal vez el amor puede ser el bálsamo", prueba a decir Jesús Carrasco, tras un rato largo de charla intentando desentrañar las razones precisas por las que su disco recién nacido, Rach in love, podría ser tan necesario en este preciso momento. Lo dice bajito, sigilosamente casi, como se estila en las catacumbas donde los espíritus elevados se esconden de la persecución del caldo-masa. Con la diferencia de que estas son unas catacumbas en alto: su aula está en la primera planta del Conservatorio Superior de Música de la calle Baños; en el centro hay un piano de cola; y al costado, frente a la ventana, unos grabados insultantemente aburguesados y empalagosos de Mozart, Schumann, Brahms y compañía, que "no eran así ni en broma", en opinión del maestro. "Mira Mozart", señala, con triste guasa; "parece un maniquí de Cañete".

Rach in love es una especie preciosa de carta de amor. Rach es Rachmaninoff, autor de la docena de composiciones que allí se interpretan, transcritas para piano solo. Bromea el pianista, sin bromear del todo, con que su disco bien podría ser la banda sonora de la crisis mundial: la existencia de Sergei Rachmaninoff también estuvo acuñada por unos tiempos tremendos, inhumanos y violentos, de revoluciones, hambres y guerras exterminadoras que produjeron especial desgarro en Rusia y dejaron una herida abierta en las emociones del compositor [mirando por ahí después de hablar con Jesús Carrasco, aparece que al señor Sergei se le reprochaba en ocasiones que siempre hiciera música rusa, y el pobre se defendía diciendo que no, que no es que hiciera música rusa, sino que es que él era ruso. Pues eso].

Con el testigo de la gran música hoy en manos de los autores de bandas sonoras de Hollywood, "que es donde está el dinero" (le encanta John Williams), y la esperanza de que de ahí venga el próximo "milagro tecnológico" que revolucione la historia de la música, Jesús Carrasco se queda de momento con los grandes clásicos (entendido esto en sentido amplio) y mantiene una prudencial distancia de lo contemporáneo ("en la música contemporánea hay mucho juego de dados", dice). Y además, es que en general no le gusta. "No podría tocar música que no me gustase", comenta, fiel a Bach, a Chopin, al citado Rachmaninoff... en los que se reconoce artística, emocional, vocacionalmente; hacia los que acude como por necesidad y en los que se forjó como músico. "¿Es el mapa genético o es el destino? La música, cuando te acercas a ella, se acerca también a ti. Imprime carácter; en eso es como un sacramento. A mí me ha marcado la vida."

Se nota. Durante el concierto para dos con piano de fondo que allí se ejecuta, Jesús va pasando de la media sonrisa traviesa de una mazurca a la ensoñación melancólica de un adagio, la moderación de un minueto, la silenciosa orfandad de un nocturno, el elegante desenfado de un vals, el entusiasmo de una polonesa, la incertidumbre de un impromptu, la brillantez de una rapsodia y ciertos intentos de decir cosas sin decirlas, que suenan como preludios. Y encima, toca el piano: con idea de explicar el estilo narrativo de su disco, para el que dice haber empleado técnicas de interpretación de la época (más sugerencia que evidencia, más alma que mecánica), el profesor pone sus dedos a perseguirse en arpegio por el teclado como una escaramuza amorosa de pajarillos por el cielo, y aquello no está pagado. "Ha marcado mi vida", repite. "La música... me ha enseñado a ser más cuidadoso con los sentimientos de los demás", susurra, no sea que alguien se entere. "Si se mira bien, la interpretación musical es una búsqueda de emociones ajenas; estás interpretando la forma de sentir de otra persona... y acabas aprendiendo a amar de otra manera. Entra en tus sentimientos y te hace empatizar."

Es difícil decidir qué pistas de su disco son más evocadoras, cuáles de entre las doce liberan más cantidad de yo interior al ser degustadas por el oído. Todas ellas comparten ese poder declamatorio y esa elocuencia trágica (si es que es eso lo que comparten) de Rachmaninoff, como buen ruso (pero que no se entere). El maestro Carrasco se interesó más vivamente por esta música tras el hallazgo, bicheando un día entre partituras raras, de un par de transcripciones para piano solo hechas por Earl Wild, y a partir de ahí empezó a tirar del hilo y a seguir tirando, hasta dar con otras transcripciones y animarse con las suyas propias. El resultado de tanta búsqueda, tanto afán y tanta música no podía llevar en su nombre otra palabra que amor. "Es que para ser músico", interviene el entrevistado, para justificar tanto empeño, "hay que tener una grandísima vocación que raye con la obsesión; donde la música esté tan por encima de todo que te compense, que te traiga cuenta dedicarle tantísimas horas... Dedicarse a la música es como irse de misionero a África: entregar tu vida. Antes explicaba en qué me había cambiado el ser músico... y también me ha hecho acostumbrarme al sacrificio del trabajo. Un pianista tiene que estar al piano todo el día, supeditado a un intensísimo horario de trabajo, y eso te convierte en un neurótico, je, je. A veces, te obsesionas. Hay que tener cuidado con los músicos, ja, ja, porque esto se suele dar bastante, sí. Así que... si pudiera volver atrás... no sé... quizá hiciera violonchelo... o sí (se desdice, mirando de reojo la mole de cola a su derecha), a lo mejor estudiaría piano. Pero te digo: que yo a un niño que tuviese interés... le diría que no se dedicase. A veces los padres se emperran en que sus hijos toquen, y yo les diría que lo que tienen que hacer por sus hijos es dejarlos que sean felices y animarlos a que escuchen música, a que lean. La disciplina es importante, el esfuerzo, y el trabajo, y todo eso, pero de vez en cuando también hay que tomarse un tinto." Lo malo de los tintos y afines es que empieza uno en plan andante, se pone allegretto, luego sube a molto vivace y se acaba en plan largo con trémolo y fijando un punto de encuentro para la tristeza colectiva. Fíjese que en honor del músico se creó el vodka Rachmaninoff. ¿Será lo que beben los rusos cuando se enamoran?

De utilidad:

‘Rach in love'

1. Las doce pistas del disco de Jesús Carrasco con temas de Rachmaninoff están a la venta en internet a través de la web www.cdbaby.com.

2. El profesor del Conservatorio Superior de Música destaca el importante papel desempeñado en esta grabación por el ingeniero de sonido, Ángel Andrés Muñoz, con quien dice haber conseguido el sonido preciso de este disco que pretendía acercarse al espíritu de la época de Rachmaninoff.

3. Cada una de las pistas del disco se vende al precio de 0.99 dólares.

4. Los temas incluidos son:
-Fragments.
-Liebeslied F. Kreisler (transcripción de Sergei Rachmaninoff).
-Elegía Op. 3.
-Melodía Op. 3.
-O, Cease Thy Singing Op. 4, nº 4 (transcripción de Earl Wild).
-Where Beauty Dwells Op. 21, nº 7 (transcripción de Earl Wild).
-Daisies Op. 38, nº 3.
-Lilacs Op. 21, nº 5.
-Étude-Tableau Op. 33, nº 8.
-Sonata para Cello y Piano Op. 19, 3º mov. (versión de Arcadi Volodos).
-Vocalise Op. 34, nº 14 (transcripción de Zoltan Kocsis).
-Variación 18 de la Rapsodia sobre un Tema de Paganini (transcripción de Jesús Carrasco).

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