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La coacción de la libertad

Es probable que la gran mayoría de los españoles piense que el derecho a la huelga es uno de los grandes logros de nuestro sistema democrático. Y muchos de los españoles, a partir de cierta edad, han vivido los tiempos en que la huelga era una actividad prohibida y prácticamente delictiva...

el 15 sep 2009 / 06:18 h.

Es probable que la gran mayoría de los españoles piense que el derecho a la huelga es uno de los grandes logros de nuestro sistema democrático. Y muchos de los españoles, a partir de cierta edad, han vivido los tiempos en que la huelga era una actividad prohibida y prácticamente delictiva, y han sufrido en sus carnes los riesgos que comportaba el llevarla a cabo, por muy justificados que fuesen los motivos, y había motivos.

Por eso, piensa uno que, hoy por hoy, en España, como en el resto del mundo libre, el derecho a la huelga es respetado y defendido, como un elemento más en la consecución de reivindicaciones laborales o salariales. Sin embargo, lo que ha ocurrido con la huelga del transporte ha traspasado, con mucho los límites de lo que se entiende como un recurso de presión razonable.

Porque no ha sido el ejercicio de un derecho, sino como un pulso al Gobierno, pero tomando como rehén a toda una sociedad. Lo que han hecho los convocantes de la huelga, una minoría en el mundo del asociacionismo del transporte, ha sido impedir, utilizando la fuerza, el miedo y la amenaza más descarada, no sólo que sus compañeros puedan ejercer su derecho al trabajo, que también es respetable, sino que el resto de los ciudadanos puedan desarrollar su vida con normalidad.

Han querido paralizar el país entero, y con la única excusa de su propio beneficio, han causado enormes perjuicios a casi todos los sectores de la población, y han conseguido intranquilizar con el miedo al desabastecimiento a millones de españoles, muchos de los cuales probablemente se encuentran en condiciones laborales y salariales más precarias que los propios huelguistas.

Las escenas que hemos podido contemplar en televisión nos han mostrado gestos amenazantes, insultos y agresiones físicas. Ha habido ya un muerto y varios heridos. Y todo esto les quita la razón que puedan tener.

También hay que lamentar en todo lo ocurrido, la tardía reacción del gobierno que, hasta el cuarto día de la huelga, es decir, el pasado jueves no utilizó en la medida necesaria a las fuerzas de seguridad para proteger el derecho al trabajo de los transportistas que no secundaban la huelga, y para evitar las coacciones intolerables de los huelguistas hacia cualquiera que se cruzase en su camino.

Por ejemplo, hasta la madrugada del jueves no se les obligó a levantar los bloqueos en los accesos a las grandes ciudades. Cierto es que el uso de la fuerza pública tiene que ser mesurado, bien pensado y proporcional a la situación. Pero cuando hay que emplearla, como en este caso también tiene que ser oportuno, es decir desde el principio. Y no ha ocurrido así. Se es libre para hacer huelga, pero ese derecho se convierte en perverso cuando lo transformamos en una forma de coacción a la libertad.

Periodista

juan.ojeda@hotmail.es

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