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La consagración del intérprete

Juan Diego puso en pie al público sevillano con una interpretación repleta de maestría y genialidad que lo consagra como un gran actor, garante del poder de conmoción de las artes escénicas.

el 15 dic 2012 / 23:32 h.

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Juan Diego en un momento de la actuación en el Lope de Vega.

En las sociedades occidentales la democracia ha llegado a tal nivel de manipulación que incluso amenaza con alterar el orden alfabético de las palabras. Es el punto de partida de esta obra, una narración de Juan José Millás que Miguel Hernández y Juan Diego se han empeñado en dotar de teatralidad, aunque  resulta un tanto impostada.

El texto comienza reflexionando sobre la poderosa influencia que ejercen las palabras  en nuestras vidas, sobre todo durante la infancia, cuando la imaginación se alía con la inocencia para dotar a la realidad de un halo de fantasía y misterio.

El autor nos habla de su infancia mediante el personaje de un viejo profesor, que supuestamente se ha subido al escenario para dar una conferencia, aunque la emoción que le causa tener una sala abarrotada de público le trastorna hasta el punto de romper con el academicismo. A partir de ahí el profesor, alter ego del autor, se sumerge en su propia historia desgranando su infancia y, por ende, el atraso de una sociedad dominada por la dictadura franquista. Un atraso que creíamos haber enterrado con la democracia, pero que permanece agazapado en las palabras. De ahí que al final de la obra el viejo profesor nos pida emocionados que amemos las palabras, pero sin fiarnos de ellas. De esta manera, Juan José Millás apunta una interesante reflexión sobre la capacidad de manipulación de las democracias occidentales y el papel fundamental de la palabra, o lo que es lo mismo, la importancia de una información veraz.

Pero en esta versión teatral la reflexión se queda solo en eso, en un mero apunte. Y es que, junto a las referencias autobiográficas, se lleva a cabo una denuncia del dominio de los mercados cuyo tono panfletario resulta un tanto simple y no casa con el resto del discurso   No obstante Juan Diego, con auténtico derroche de recursos y matices interpretativos, es capaz de imprimirle dramatismo. Para ello se sirve de un magistral uso de los silencios,  que alcanza su culmen cuando nos habla de los desahucios. Lástima que en algunos pasajes imprima a su actuación un dramatismo que no acaba de estar justificado.

Tal vez se deba a que Hernández elabora una puesta en escena muy austera, conformada por una escenografía tan sencilla como estática y un vestuario funcional que deja al actor sin demasiado apoyo aunque, a cambio, lo arropa con un exquisito diseño de iluminación, a cargo de José Manuel Guerra.

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