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La contracrónica: El alto precio de la codicia y la soberbia

La soberbia es un pecado capital inherente al ser humano. El Sevilla de Manolo Jiménez, otrora timorato, ahora irradia excesiva confianza y altanería.

el 04 nov 2009 / 23:37 h.

Romaric cae en presencia de dos rivales

Es un bloque incapaz de asumir sus defectos y, con forma de ciclón, somete a sus rivales a un dominio tiránico. Es el rostro de El gran dictador de Charles Chaplin, aquella película nacida en los albores de 1940 y estrenada en la España de la transición tras el agonizante final del franquismo.

El genio cinematográfico londinense hubiera caricaturizado de forma milimétrica el nuevo modelo de un conjunto con fama de aspirante y rostro de campeón. El arahalense encarnó la figura de Goebbels, sagaz político del Tercer Reich, y su homólogo fue aquel personaje pesimista de Tulio Montalbán, novela realista de la imagen del hombre escrita con la tinta de Unamuno.

El cuadro de Nervión devora a sus oponentes en España y en Europa. Sólo tras la lesión de Duscher repitió los vicios de épocas pasadas, aquellas en las que el debate sobre la plasticidad y el resultadismo surgía en las esquinas del Pizjuán.

Antes anuló al Stuttgart, secó a los cerebros alemanes e impartió una clase de efectividad. Contagió de miedo al plantel de Markus Babbel, perdido en la batalla y con el síndrome de aquellos escritores de la edad de plata en los años 30.

El Stuttgart se agazapó en su área con igualdad numérica. Palpó el temor a ser abrasado por un contrincante con imagen de tipo duro. Jiménez mudó su piel y decidió imprimir un nuevo sello al Sevilla, que abandonó el rol de plantel calculador y rácano por el de revolucionario.

El de aspirante al éxito. Su evolución ha sido la de aquella criatura de Ayala en su Tragicomedia de un hombre sin espíritu, ensayo cumbre de la primera etapa del prolijo escritor granadino. Fue soberbio y altanero, pero ha asumido su nuevo papel, el de un guerrero ambicioso que no concede tregua y que confía en su poder hasta creerse imbatible. ¡Pecado!

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