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La contracrónica: El Pizjuán ya es un fortín, ¿será un fuerte?

De partidos como el de esta mañana en Nervión se pueden extraer, por regla general, escasas conclusiones válidas y mucho menos positivas.

el 27 oct 2013 / 17:43 h.

Y es que cuando te viene a visitar un equipo metido de lleno en la zona de descenso, con un plantel cortito de veras y encima diezmado por ausencias notables (en estos casos si falta uno o más de uno de los buenos, se nota más), sólo cabe esperar que te plante y te plantee un cerrojazo. De tal modo que o lo rompes con tal firmeza y solvencia que acabas goleando, o sufres como un perro para desvencijarlo. Como era previsible –al Sevilla también le faltan piezas muy significativas, que conste–, pasó lo segundo. Tras un comienzo alentador, con tres ocasiones medio claras en los primeros cinco minutos y cinco tiros en el primer cuarto de hora, el once de Emery se fue diluyendo con el paso de los minutos y con ello el partido empezó a tornarse en tedio insoportable. Los locales hacían bien, aunque sin constancia, el trabajo de presión sobre la salida de balón rojilla, faena en la que M’Bia asumía los galones, pero a la hora de elaborar el juego las ideas iban menguando conforme el reloj avanzaba, con lo que Gameiro y Bacca, la dupla atacante que puso el vasco en liza, quedaban una vez más en evidencia: tener gol tienen (ahí están los números), pero si alguien espera que se los fabriquen ellos mismos mediante alguna genialidad, que espere sentao. Tuvo que acaecer un lance determinante para que variase el sino del duelo. La expulsión de Damiá, más allá de si fue una decisión acertada (del todo) o no del colegiado, rompió los esquemas de Javi Gracia. El técnico dudó en tapar el agujero que se originó en el flanco derecho del ataque local, y aunque finalmente lo hizo dando entrada a Joan Oriol, lo cierto es que por ahí se le fue el planteamiento y, en consecuencia, el partido. Primero fue Rakitic y luego Jairo quienes aprovecharon el enorme hueco para batir a un Andrés Fernández que, como su zaga, no supo cerrar el ángulo. El tanto de Riera, más que hacer cundir el pánico, recordó que el triunfo no fue sencillo ni fruto del dominio de un Sevilla que, eso sí, ha enlazado tres victorias en casa... ante tres firmes candidatos al descenso. El Pizjuán ya es un fortín, pero aún cabe remozarlo y que sea un fuerte.

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