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"La corrala es nuestro futuro"

Un mes después de su entrada, los vecinos abren las puertas del último bloque ocupado con intenciones reivindicativas y apoyo del 15-M.

el 20 dic 2012 / 19:59 h.

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Vanesa en el piso que ha ocupado, con sus hijos al fondo.

El estereotipo okupa se empieza a quedar pequeño para las familias sin hogar que desde hace meses están ocupando viviendas vacías de forma oganizada. La Corrala Utopía de San Lázaro fue el ensayo de un modelo con el que, además de conseguir un techo, los ocupantes reivindicaban el derecho a una vivienda digna que recoge la Constitución, aunque nunca se haya cumplido. Y la Corrala Ilusión ha dado otro paso: pretende sacar adelante un proyecto de autoempleo aún embrionario, para el que han reservado un apartamento del bloque ocupado el mes pasado, en la calle Lumbreras 15. "Sin vivienda y sin empleo no se puede vivir", razona Juan Torres, uno de los vecinos, que viene de recoger el ordenador que le han cargado en el hotel de enfrente. "Nuestra relación con los vecinos en maravillosa. Estamos en un momento en que la sociedad está tomando conciencia del problema de la vivienda. Y de que los políticos no lo van a solucionar".

No es tan fácil vivir en este edificio como puede parecer: es frío y húmedo y los apartamentos son pequeños, algunos diminutos. No hay luz, agua, cocina, electrodomésticos ni casi muebles: apenas los colchones, algún sofá, sillas cada una de un estilo y estanterías, todo regalado. Pero las 18 familias -29 adultos y 10 niños- que se metieron vivían en casas de amigos o familiares, en albergues, en un garaje, en la calle. Ahora tienen dos bombonas de butano para todos, se iluminan con velas o linternas y tienen que acarrear el agua que cogen de las fuentes públicas, pero tienen un techo. En algunos pisos han puesto hasta el belén.

Para Vanesa y Sergio es el primer hogar en el que han podido convivir con sus dos hijos de cinco años y 18 meses. Hace dos años los expulsaron de su casa tras cuatro meses sin pagar el alquiler, después de que a Vanesa la despidieran al quedarse embarazada. Sergio ya estaba parado. Un día les cambiaron la cerradura y se quedaron en la calle con lo puesto. Estuvieron en pisos de amigos, "de dos semanas en dos semanas porque la gente se cansa" y, al final, Vanesa se fue con sus padres y Sergio con los suyos. Por eso ella, que explica que baña a los niños en casa de su madre y que su rutina diaria consiste en echar currículos y pasar por la Cruz Roja y por "las monjas" para conseguir comida, no se queja: admite que es duro pero "hay que llevarlo bien. Porque todos los días nos repetimos que esto es lo que queremos y que vamos a luchar por ello". Piden un alquiler social que puedan pagar, como todos los vecinos. Es la demanda común de los bloques ocupados con apoyo del movimiento 15-M, y en la que están tratando de implicar a la Junta de Andalucía: "Yo 60 euros los busco, seguro. Pero no los 400, con la luz aparte, que pagaba antes", dice Vanesa.

Tampoco podría Rocío afrontar los 650 euros que llegó a pagar hasta que terminó viviendo en un garaje. Con una hija de cinco años y otro de 11, su familia la ayuda económicamente, sus amigas le lavan la ropa y a veces baña a sus hijos en un hotel cercano. Pero tampoco se queja, como no se quejan los niños: "Mi hijo me dice: mamá, estoy en la gloria, porque lo pasamos muy mal viviendo en un garaje en el campo, con bichos. Es lo primero que mi hijo dice a sus amigos en el colegio: que aquí no hay ratones". También está en paro y no cobra ninguna ayuda.

"Hemos estado debatiendo qué proponer a la inmobiliaria dueña de los pisos, si pagar un porcentaje de los ingresos o una cantidad fija", explica Juan Torres, que vive solo y no tiene ingresos fijos. Encadenó contratos de poco tiempo hasta julio de 2011. "Me dijeron que me llamarían en septiembre pero no lo hicieron. Como no pedí el paro ya no tengo derecho". Ha trabajado "en la economía sumergida, a mi pesar", transcribiendo libros, en carpintería y otros trabajos esporádicos. También piensa que podría pagar un alquiler, pero "no los 450" que pagaba. "Estos pisos llevan años vacíos y le están costando dinero a la inmobiliaria. Poniéndonos un alquiler ganarían algo", argumenta. Juan acudió a los servicios sociales cuando se quedó sin dinero. "Me mandaron a Cáritas". Entonces lo tuvo claro: "De esta no nos sacan los políticos. Tendremos que hacerlo nosotros, los ciudadanos".

Es la hipótesis que mantiene unidas a 18 familias dispares, que ahora comparten gastos: guisan con los mismos hornillos y bombonas y comen juntos una vez por semana. Se llevan bien con los vecinos y deciden en asamblea. Cada uno busca trabajo -hasta se ofrecen con un cartel en la puerta- mientras barajan soluciones conjuntas. "Aquí todo el mundo ha pagado un alquiler mientras ha podido, pero nos hemos visto en la calle, y con miles de viviendas vacías. Por eso digo que esto no es una ocupación: es un realojo".

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