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La cueva de Altamira del Alcázar

Los Baños de Doña María de Padilla restauran sus pinturas. Quedan al menos tres años de trabajo, tras lo cual no se descarta abrir el espacio al público.

el 06 feb 2011 / 18:59 h.

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Los móviles se amontonan en un cubo puesto boca abajo en el único punto en el que hay cobertura. "Como los muevas un centímetro ya no tienes señal", explica Maribel Baceiredo, que va recubierta con un buen abrigo porque aquí abajo hace frío de verdad. Y de la humedad, ni hablamos. Los pasillos son estrechos, con una luz mínima. Pero no, no estamos en ninguna gruta sino que el paseo subterráneo es bajo el patio de la Montería, en pleno corazón del Real Alcázar, junto a la alberca en la que la leyenda jura y perjura que se bañaba Doña María de Padilla, de ahí su nombre. Y es como la modesta Altamira del palacio, una cueva con sus pinturas y todo, aunque de éstas quedan sólo restos.


Este espacio es de los pocos que hay subterráneos en el Alcázar, como la barbacana o bajo el palacios de Don Pedro. Como por aquí abajo no se puede pasar, el visitante se queda asomado a la barandilla y alguno que otro arroja su moneda en los baños, siguiendo esa asentada costumbre de alicatar con dinero de curso legal cualquier pocillo de agua. Maribel Baceiredo es la responsable, junto a Mauricio López, de Crest Arte, la empresa de conservación y restauración que desde 2003 se encarga de rehabilitar las pinturas murales de los Baños de Doña María de Padilla, en los que se empezó a trabajar a finales de los 90.

Todo este reino de oscuridad fue hace siglos un jardín a cielo abierto, pero con un desnivel de entre cuatro y cinco metros porque el suelo del Alcázar estaba donde sigue, no es que se haya elevado. ¿Y por qué este escalón tan considerable? Pues porque los musulmanes, que fueron los que diseñaron el espacio, eran muy dados a poner en bajo los jardines para que así las copas de naranjos y limoneros quedasen a la altura de la cabeza y poder disfrutar mejor de su fragancia. Pero el terremoto de Lisboa (1755) afectó bastante al palacio y se optó por cegar toda esta zona ajardinada, un gran cuadrado con 12 arcadas en los laterales y 13 en el arranque, frente por frente del Pasaje de la Montería.

La nueva disposición convirtió aquello en poco menos que una cueva porque sólo se habilitaron dos estrechísimos pasillos en los laterales y en paralelo a los baños, así como otros dos en perpendicular: uno en el centro y otro al fondo, donde se ubica la fuente que alimentaba la alberca y que hace años que no funciona. Aquello además condenó a muerte a las pinturas que desde el siglo XVI decoraban las paredes en los extremos de las arcadas, ya que se daban todas las condiciones para destruirlas: humedades, hongos por falta de ventilación, filtraciones de agua, raíces que se abren camino desde el techo...

Y aquí es donde entran en escena los expertos de Crest Arte, que se afanan en la tarea de que lo poco que queda de las pinturas no se pierda para siempre. Los fragmentos pictóricos se arrancan de la pared y tras su restauración (acumulan costras biológicas y salinas) se colocan en unos paneles aislantes que se emplean en aeronáutica y que se incrustan en el muro para que quede como estaba pero con las pinturas a salvo.

¿Y qué es lo que muestran, por cierto? Pues su mal estado impide afirmarlo con rotundidad, admite Maribel Baceiredo, que no obstante revela los elementos clave: una pérgola vegetal en la parte superior de cada arcada, con un marco pintado en el centro en el que se encuadran escenas agrícolas, cinegéticas, cortesanas y alusivas a las estaciones del año. Ahora están entusiasmados con el dibujo de lo que parece un anacoreta con una calavera o piedra en la mano, con unas palabras por arriba -las únicas letras que se han conservado en todo el conjunto- en las que se lee algo así como "líbrame ya pues que puedes de la muerte", y ahí se acaba el texto.

Nueva vida a la fuente. El ermitaño ha salido a la luz junto a la fuente que rellenaba la alberca, una fantasía renacentista en forma de grutesco que también se quiere recuperar. En su día estuvo decorada con unas figuritas mitológicas que ya se perdieron, pero todavía conserva las conchas y almejas que se le incrustaron para darle un aire marino al conjunto.

El director del Alcázar, Antonio Balón, calcula que todavía quedan al menos tres años para terminar el trabajo. A partir de ese momento podrá abrirse el debate de si pueden visitarse los baños. Balón y el alcaide, Antonio Rodríguez Galindo, son partidarios de que sí, aunque sea sólo en horas determinadas, con grupos pequeños y siempre con guía.

Pero todavía queda tiempo para plantearse lo que se hace. Hoy lo que queda es continuar con una tarea lenta y de miniaturista, adornada por la oscuridad y el frío que reinan en esta parte del palacio. El trabajo, dicen, les gusta mucho... aunque los móviles no tengan ni cobertura.

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