Cultura

La cumplidora de sueños

Laura Mesa desembarca en Sevilla con AnimalTree Producciones, agencia andaluza de reputados artistas de música clásica de toda Europa que incluye entre sus prioridades la de colaborar en causas benéficas a través de conciertos.

el 03 abr 2014 / 23:10 h.

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Laura Mesa, esta semana en Sevilla junto con una de sus agentes y amigas, Elena Stosic (a la derecha). Laura Mesa, esta semana en Sevilla junto con una de sus agentes y amigas, Elena Stosic (a la derecha). Tuvo el mundo a sus pies. Hasta que un día empezó a vomitarlo todo. Primero, vomitó los guccis, y luego vinieron los pradas y valentinos. Después, entre arcadas de dinero inagotable, vomitó el lamborghini y, un par de minutos después, al chófer que la traía y llevaba a su antojo por las tiendas y las fiestas de Roma, o por allá donde le diera la gana. Seguidamente, tras apagarle unas cuantas colillas con el pie para ajustarle las cuentas, consiguió expulsar también de su cuerpo el carísimo parquet florentino que alfombraba su casita italiana de un millón de euros, y la propia casa también. Y por fin, tras vomitar la alianza y completar de rodillas ante la taza del váter el exorcismo de todos sus poderosísimos demonios, operación que por poco no le cuesta la vida, comprendió que no es que Laura Mesa fuese una mujer nueva tras veintitantos años de inconsciencia. Lo que comprendió fue que Laura Mesa acababa de nacer. Que ni la fatuidad ni aquel lujo patológico tenían nada que ver con la vida; que la vida era otra cosa: pasión, verdad, amor, emoción, empeño, intuición, trabajo, música… dolor. Y para no olvidarlo jamás, decidió que estar viva era todo cuanto pensaba hacer a partir de entonces y hasta el último de sus días. Pero esto no sucedió así, de cualquier manera, como un pequeño milagro corriente: persona se salva a sí misma hace tiempo que no es noticia. La noticia está en que Laura quiso extender ese principio de felicidad tanto como pudiese, y especialmente entre la gente con sensibilidad, las personas bondadosas y los más necesitados. Tomada la decisión de hacerlo, se colocó bajo el brazo sus estudios de violín, regresó a sus Islas Canarias –donde había nacido, hija de un sevillano– y comenzó con más empeño e ilusión que reveses y puertas cerradas en sus narices, que ya es decir, su andadura profesional como difusora del arte, en especial de la música clásica, y representante de artistas. Una actividad que hoy, gobernada desde Andalucía, se rige por el afán de colaborar incansablemente –tanto ella como sus artistas representados, que tanto se le parecen a Laura en eso– en todas las causas benéficas donde puedan echar una mano.  «Ahora me puedo permitir decidir con quién trabajar y con quién no, pero antes de llegar hasta aquí fueron tantas las puertas que tocaron mis puños… Aún siguen desgastados, tantos los e-mails sin respuesta, tantos noes, tantos peros, tantos portazos en la cara… todo ello para convertirme en una vendedora de sueños. Este es mi oficio, vender sueños. Vendo los sueños aquellos que no pude realizar, y a través de los sueños de mis artistas los míos cobran vida y se hacen realidad», dice Laura. Pero no lo dice de cualquier manera, sino con una voz como de manantial que lleva la dulzura canaria, la deliciosa y cantarina alegría italiana y la frescura andaluza. Y sobre todo, con una mirada encendida que certifica la autenticidad de cuanto expresa. Pero el espectáculo de su conversación no es hermoso tanto por su musicalidad como por lo que contiene: «Amo la música profundamente, por encima de todo. Sin pasión sería incapaz de trabajar en esto». Pasión y cabeza, advierte, porque la profesión no perdona descuidos ni premia ligerezas. Es una tarea dura cometida a presión, donde a veces se echa de menos el sofá de casa y a menudo se echa de más la responsabilidad tremenda de que un buen puñado de destinos ajenos dependan de la propia habilidad y lucidez. «Todo esto es imposible si no tienes la cabeza bien puesta», explica el alma de AnimalTree, aunque esa afirmación requiere matices: «Pongo pasión en todo lo que hago, si no me muevo por intuición, por impulsos, amando lo que hago, no podría hacerlo. Para mí es primordial amar y sentir, intentar cada día que lo que hago sea lo mejor del mundo. Sin duda, estoy segura de que tener pasión es casi más necesario que tener talento». Tener una pasión, según Laura, «es mucho mejor que tener un talento o un don. La pasión me lleva a estar horas y horas trabajando, mejorando, luchando por aquello que mantiene viva. Tener solo talento no asegura nada. La pasión es fruto de una elección personal. El talento, no».   reto personal. Dice Laura que cada uno de los proyectos con los que trabaja lo elabora minuciosamente. El alma tiene manos de relojero. «Cada artista es un reto personal», y en ese desafío va implícito un principio: el enriquecimiento mutuo como personas, antes que intentar complacer a nadie. «Este, en mi opinión, es uno de los grandes errores que a menudo cometemos: convencernos de que tenemos que desarrollar nuestros proyectos para los demás». Esto es de todo menos fácil. Tanto que, a veces, a uno lo asaltan las dudas y le pegan un par de puñetazos en las costillas. Pero nada de lo que no se salga vivo y coleando. «Me pregunto si el esfuerzo y el riesgo merecen la pena: respondería que sí. Todos los esfuerzos merecen la pena. Me obligan a mejorar, a salir de mi círculo de confort. Un proyecto que no exija esforzarme probablemente no nos dejará satisfechos ni felices a mí y a mis artistas, que depositan sus proyectos, anhelos y sueños en mi persona». Y añade: «Muchas veces me levanto por la mañana y pienso ¿pero qué demonios hago yo aquí? Esto sucede en los momentos de desaliento, de cansancio… Lo bueno es que este pensamiento dura segundos, me basta con oír un disco de mis artistas, leer unos de sus e-mail con sus múltiples muestras de cariño... Me doy una caricia diciéndome a mí misma: lo estás haciendo bien. Laura, no te acojones ahora». «A mis artistas los adoro, los admiro y los quiero. Somos como una especie de pequeña familia. Me intereso cada día por todo lo que les concierne, a veces hasta por lo que comen, si han dormido bien y cuántas veces han sonreído durante el día. Todos ellos, Natasha Korsakova, Manrico Padovani, Daniele Petralia, Alessandro Taverna, Raquel Andueza, Lina Tur Bonet, Amy J. Yang y Héctor Astobiza son más fuertes de lo que creen… Tienen un corazón enorme y puro, una gran capacidad de adaptación, de lucha y creación. Sabemos que alcanzar nuestros objetivos no es tarea fácil como al mismo tiempo sabemos que sí es posible. De ellos admiro cómo usan su arte, su talento con extrema generosidad participando en todo evento benéfico para aportar una pizca de esperanza de paz a quienes más lo necesitan» El manantial no cesa. «El mejor aprendizaje es que la actitud que tomo ante las circunstancias marca el resultado de lo que hago. He dejado de culpar a nada ni a nadie. Que elegimos en cada momento lo que hacemos y cómo lo hacemos», apunta, como si también para ella fuese un descubrimiento nunca lo suficientemente bien aprendido. «Soy consciente del milagro que es estar viva. Disfrutando de lo que tengo inmersa en Laurilandia, un país lleno de libros y música preciosa, mi refugio, mi casa… respirando, observando, viviendo. Haciéndolo todo aquí y ahora». A Laura le brillan los ojos como si tuviera el cielo dentro. Antes, años atrás, apenas tenía el mundo a sus pies. La mejoría ha sido notable.

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