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La dama de blanco

En dos augustos caserones aguardan sendas historias escalofriantes y, para quienes afirman haberlos visto, los espectros de dos mujeres.

el 29 nov 2014 / 10:00 h.

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No me cabe duda ninguna», dice José Manuel García Bautista, ante un humeante café que añade bruma a la húmeda noche de la Judería. «No me cabe duda, y más en noches como esta, de que en este mismo plano de nuestra existencia se desarrollan otras realidades, convivimos con otras realidades». El ambiente nocturno, el recuerdo de los sucesos de la Casa Fabiola, narrados la semana pasada, y la perspectiva de continuar de inmediato con la ruta de las fantasmagorías sevillanas dan un toque deliciosamente inquietante a la conversación. «Dimensiones paralelas, multiversos y mil hipótesis científicas surgen a diario», comenta el investigador y divulgador de enigmas; «la física cuántica trata con intensidad de explicarlo, pero lo cierto es que algo más hay y no lo sabemos explicar. Quizá nosotros, para ellos, también seamos fantasmas en su propia existencia». Imagen-estonoesgraffitiVERTTras estas palabras se afronta de otro modo la contemplación, en plena noche, del edificio de la calle Federico Rubio que hoy constituye la primera de las dos etapas del camino. ¿Qué historia habría escrito Bécquer, qué leyenda, de haber sabido que en esa espléndida mansión habita una antigua dama atrapada en el tiempo, en una vida que ya no posee, en un lugar que su memoria abandonó hace ya tiempo? Consulado de Australia, Instituto Británico... Un lugar que durante el día se dota de un ambiente de animada vidilla, en contraste con la serena soledad de la calle. «Pero tiene algo más, algo tan inquietante que ahora, en este mismo momento, se está manifestando», llegará a escribir García Bautista en su cuaderno de campo. «Son los ecos de las apariciones fantasmales en su interior, pues en sus pasillos se escuchan los apresurados pasos de alguien que vaga por toda la eternidad. Una dama que porta un candelabro y que pasea por los estrechos pasillos superiores que rodean el bello patio porticado; una dama que transita por la otra vida en un deambular semiiluminado que llena de pavor a aquel que presencia tan espectral paseo». Y el final de esta manifestación visible, dice el guía de esta ruta insólita, siempre es el mismo: la mujer baja las escaleras y, cuando está a punto de pisar las losas de la planta baja, desaparece. La única pista para seguir sus pasos, una vez desvanecida, es el relato de un emparedamiento, según el citado: «Cuando se realizaban las obras de acondicionamiento de este edificio se descubrieron, tras la escalera, los restos humanos de alguien que en otro tiempo había sido recluida allí. Antaño era una insana costumbre, pero más común de lo que podríamos suponer». Y fue al remover aquellos restos cuando comenzó todo. Aunque hay otras versiones. Un suicidio Aparte de otros testimonios, José Manuel García Bautista aporta como referencia una noticia publicada en el diario norteamericano The Miami Herald el 23 de marzo de 1969, firmada por J. Edward Thomas, «quien fuera director del Instituto Británico en Sevilla. Según nos cuenta él mismo en el citado artículo, en el edificio varios profesores y alumnos vieron el fantasma de una mujer vestida con traje de época, de 1920, descendiendo por la escalera principal y desapareciendo por la puerta que daba a la capilla que en la actualidad está tapiada. En otras ocasiones lo hacía nada más bajar la escalera. Según las declaraciones de Mr. Edward Thomas, el espíritu que mora en el edificio podría pertenecer a la señora Fernández Murube, que se suicidó allí mismo en el primer tercio del pasado siglo XX. Allá por 1972 se realizaron diferentes investigaciones parapsicológicas en el edificio siendo el investigador José González Chaves el que logró grabar extraños ruidos en su magnetófono, que podríamos entender como psicofonías o voces del otro lado». Para consuelo general, raro es el caserón de este barrio y sus contornos que no atesora, entre sus mejores dotaciones, el espíritu de uno o dos fallecidos en trágicas circunstancias; espíritus que, por otra parte, se empeñan en dar prueba fehaciente de su disgusto (o de su estupor, si es que se trata de eso) al personal a su alcance. Como se verá a continuación.

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