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La degradación de Blas Infante

El Congreso del PSOE-A ha dado para mucho. Y no sólo por la solución Pepiño Blanco aplicada a Luis Pizarro para hacerle justicia poética nombrándolo vicesecretario general, lo cual le honra sin suponerle un delfinato. Más allá de la visualización de la crisis interna del PSOE de Sevilla...

el 15 sep 2009 / 07:51 h.

El Congreso del PSOE-A ha dado para mucho. Y no sólo por la solución Pepiño Blanco aplicada a Luis Pizarro para hacerle justicia poética nombrándolo vicesecretario general, lo cual le honra sin suponerle un delfinato. Más allá de la visualización de la crisis interna del PSOE de Sevilla, que se dilucidará la próxima semana, o del amigos para siempre,

que entonó ZP como alivio de luto de la delgada línea roja que empieza a separarle del PSOE andaluz tras el Congreso federal, la principal noticia fue la promesa de inyectar dinero fresco en las depauperadas arcas de los Ayuntamientos: de no hacerlo, íbamos a asistir a algo insólito en la ya no tan joven democracia española, el despido masivo de trabajadores municipales, al no existir efectivo suficiente para afrontar las nóminas ante la caída en picado de las grúas.

Al margen de todo esto, la cita granadina de los socialistas andaluces tuvo un daño colateral que probablemente no resulte demasiado significativo pero si significante. En el anteproyecto de la ponencia marco se reconocía a Blas Infante como "principal referencia" del andalucismo transformador que ahora proclaman ellos. La propuesta final le reconoce como una influencia más, ma non troppo.

Quizá sea lo justo, para no monopolizar una figura cuyo pensamiento, en la Andalucía de hoy, está más repartido que los premios del Niño.

Es cierto que, a pesar de su indudable razón de ser como padre de la patria andaluza por el peso de su ideario más allá de contradicciones puntuales, no ha figurado por lo común en el panteón socialista. Seguro que algunos tomarían dicho ascenso como un canto de sirenas para atraer a los odiseos del andalucismo huérfano de Parlamento.

Pero creo que, por activa o por pasiva, su exaltación o degradación suponen un debate innecesario, sobre todo tal y como está el patio: no hace un año que Vidal Cuadras -que corrigió luego?y otros neocoms llegaron a calificarle como cretino integral y compararon su andalucismo reformista y, en gran medida socialdemócrata, con la exclusión vasquista de Arana.

Incluso aquí, los partidarios del suicidio que supondría fragmentar Andalucía en dos, desprecian desde una rara derecha andalucista a Blas Infante como criptomusulmán y resucitan el espíritu de la Asamblea de Córdoba de 1932, en que sin Granada, Almería y Málaga, se aprobaron las bases del imposible estatuto del 36. Vale que Blas Infante no sea Dios. Pero, a estas alturas no conviene mucho usar su nombre en vano.

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