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La delicada cohabitación de religión y democracia

No es fácil vivir en democracia. Hacerlo implica aceptar que nuestras convicciones sobre cómo organizar la vida social y política del Estado pueden ser cuestionadas y rebatidas en un proceso de diálogo permanente entre todas y todos.

el 15 sep 2009 / 00:13 h.

No es fácil vivir en democracia. Hacerlo implica aceptar que nuestras convicciones sobre cómo organizar la vida social y política del Estado pueden ser cuestionadas y rebatidas en un proceso de diálogo permanente entre todas y todos. Implica aceptar que podemos no tener razón en materia de organización de la vida en común, que nuestra razón individual, por firme que sea nuestra convicción de su bondad, puede no convertirse en razón colectiva, en la medida en que no sea compartida por una mayoría de conciudadanas y conciudadanos. Pero además la democracia nos compromete a abrirnos a revisar nuestras convicciones, a escuchar y valorar opiniones ajenas, a permitirles que modifiquen las nuestras.

La democracia es enemiga de la sordera y de las verdades absolutas. Es esto lo que dificulta la convivencia de democracia y religión. Orientar a sus fieles sobre el camino a seguir para su salvación espiritual, y hacerlo con la convicción de quien articula verdades absolutas, es la esencia de las confesiones religiosas. Circunscritas al ámbito de la vida privada, dichas orientaciones son compatibles con la convivencia democrática. Trasladadas a lo público, corren el riesgo de impregnar la vida social y política de intolerancia. No se trata de que la Iglesia católica o cualquier otra confesión no pueda tener opinión política. Se trata de que en democracia las opiniones no pueden ser sino eso, opiniones, y no expresión de verdades indiscutibles, de las que desviarse significa caer en el abismo del error.

Participar en el debate democrático obliga a las religiones nada menos que a relativizar su mensaje. Y además su línea entre lo privado y lo público es, cuando existe, dúctil y tenue. Su cohabitación con la democracia es empresa cuanto menos delicada.

Profesora de Derecho Constitucional y miembro del Consejo Editorial de El Correo

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