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La difícil conquista del voto

Los españoles estamos llamados hoy a las urnas para elegir a nuestros representantes en las Cortes Generales; y los andaluces, además, en el Parlamento Autonómico. Este acto de democracia, quizás el más importante de todos,,,

el 15 sep 2009 / 01:23 h.

Los españoles estamos llamados hoy a las urnas para elegir a nuestros representantes en las Cortes Generales; y los andaluces, además, en el Parlamento Autonómico. Este acto de democracia, quizás el más importante de todos, pues con él designamos a los que van a gestionar los intereses de todas y todas en los próximos años, nos parece a estas alturas un trámite normal dentro de nuestra democracia. Sin embargo, su conquista por el pueblo ha sido el resultado de un proceso lento y difícil que no podemos olvidar para medir la importancia del sufragio o, al menos, para rendir un homenaje a todas y todos los que expusieron su libertad y su vida para que hoy podamos votar a nuestros representantes. Ha sido un lento proceso en el que las cosas no se consiguieron de una vez. Hubo que transitar por distintas soluciones que, desde una mirada actual, nos pueden parecer contradictorias, pero que llegaron a ser imprescindibles para alcanzar el derecho al sufragio. Y todo empezó con un cambio político de innegable trascendencia: La soberanía es del pueblo, que es el que tiene que decidir su propio futuro, una conclusión a la que habían llegado los grandes pensadores de la ilustración y que fue asimismo una reivindicación irrenunciable de los revolucionarios franceses. A partir de ahí, las cosas empezaron a ser diferentes; el cambio parecía irreversible. Pero, como todas las grandes transformaciones, este cambio se hizo esperar. Las fuerzas reaccionarias se opusieron con todas sus fuerzas, y la burguesía, más inteligente como siempre, y consciente de que así defendía sus intereses en este nuevo escenario, instauró el voto censitario, anudando el derecho al sufragio a una serie de condiciones patrimoniales, de oficio o de formación, por lo que la mayoría de la población resultó excluida del derecho electoral. Una mayoría a la que no se la consideraba con la madurez suficiente como para poder ejercer el supremo derecho de elegir a los gobernantes, pues, para la burguesía de la época, el voto era un acto de supuesta inteligencia y no un derecho que igualaba. Y, además, porque veía en la participación de las masas en el diseño del futuro una seria amenaza a sus intereses. Por cuna o por fortuna, este diseño quedaba reservado y patrimonializado entre ellos. Y esta situación duró casi un siglo, en el que las clases populares, los movimientos obreros, esencialmente de hombres -las mujeres entonces no contaban- lucharon sin cuartel por el reconocimiento del derecho a la participación política. Cuando lo consiguieron, le llamaron sufragio universal, aunque en realidad era sólo masculino, los únicos que, al parecer, podían integrar entonces el universo político. Pero la lucha de las mujeres ya había comenzado: las sufragistas anglosajonas, pioneras en esta reivindicación, sufrieron todo tipo de ataques, con pérdida de libertad, recibiendo el escarnio y la burla de sus contemporáneos, que veían en la participación electoral de las mujeres una amenaza a su posición dominante. Los argumentos en contra se centraban en su supuesta debilidad, que las hacía vulnerables a las influencias de los maridos y de los sacerdotes, y ahí la izquierda cayó en la trampa. En España debemos referirnos al magnífico debate producido en las Cortes de la República entre Victoria Kent, socialista, y Cla-ra Campoamor, radical, en torno a este tema; debate que ganó esta última con la fuerza de sus argumentos frente a los recelos de los socialista.

Como verán, el derecho al sufragio tiene un largo recorrido, con muchas víctimas en el camino, como para no ejercer hoy un derecho conquistado.

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