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La difícil tarea de participar

La democracia, ese sistema imperfecto aunque fundamental en tanto que convención que permite a la mayoría librarse de los gobiernos indeseados (...) nos abre espacios y, particularmente, nos invita a perseguir el compromiso con nosotros mismos y con los demás.

el 16 sep 2009 / 02:11 h.

La democracia, ese sistema imperfecto aunque fundamental en tanto que convención que permite a la mayoría librarse de los gobiernos indeseados -como puntualizase el Nobel de economía Friedrich August von Hayek en la conferencia Los límites a la democracia, celebrada en España en la primavera de 1976-, nos abre espacios y, particularmente, nos invita a perseguir el compromiso con nosotros mismos y con los demás.

A intervenir de manera directa, a través del debate público argumentado y razonado, o indirectamente, mediante quienes legalmente nos representan, en la toma de decisiones públicas. A participar de manera activa en la mejora de las condiciones que afectan a nuestras vidas. No sólo las materiales. Sino también aquellas que animan a ampliar nuestras expectativas y abrir el abanico de oportunidades vitales, así como las encaminadas a modificar nuestros comportamientos más primarios, a desdeñar -como sugiere Martín Casariego- "la jauría y la niebla" y transitar hacia la convivencia y la más bondadosa y nítida sabiduría.

Pero la participación, razón de ser de cualquier sistema democrático solvente, se enfrenta, en numerosas ocasiones, a trabas considerables para su puesta en práctica de una manera efectiva. Impidiendo que pueda cumplir su función en cuanto a acotar el poder del gobernante y restringir sus actuaciones. Poner freno a sus excesos, limitar la tentación de erigirse en juez y parte.

La participación, además, no es cosa fácil. Son muchos y variados los obstáculos que tiene que superar. La participación es un aprendizaje. Aprender a tomar parte, a corresponsabilizarse. A ser parte activa en la creación de una práctica colectiva que, por ejemplo, promueva la resolución pacífica, dialogada, de los conflictos. Que anime a reaccionar ante cualquier manifestación de injusticia, de indecencia, de maldad.

Participar activamente, además, ayuda a mejorar las relaciones entre las personas. Permite valorar positivamente la colaboración para alcanzar logros sociales de importancia, reconocer lo valioso de lo que es común. Contribuye, en fin, a mejorar nuestra educación cívica.

Sin embargo, la desmedida omnipresencia de los poderes públicos, y por extensión de los grandes partidos políticos, asfixian, más de lo que sería deseable, algunas iniciativas sociales. Los recelos hacia lo que pueda quedar fuera de control y la desconfianza en la capacidad de compromiso e implicación directa de la ciudadanía en la gestión pública, se traduce, generalmente, en un exceso de protagonismo y, como consecuencia de ello, en el desaliento de los sectores más activos de la población.

"Por eso -afirmaba Hayek- resulta cada vez más alarmante advertir la creciente desilusión que tal forma de gobierno está produciendo entre las gentes, desencanto que no cabe ya minimizar". Esta errónea manera de concebir la democracia y la gestión de lo público puede conducir a un deterioro progresivo de las instituciones y a una distancia aún mayor de la ciudadanía. La tarea de participar no es fácil, no la hagamos más difícil aún.

Doctor en Economía

acore@us.es

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