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La dignidad de lo público

La situación económica desnuda a muchos emperadores, y nos permite ver en sus debidos términos muchos asuntos. Uno de los que ha salido a la luz es el de los lujos y dispendios del sector público, que los hay y muchos. Ha sido la crisis la que lo ha destapado...

el 16 sep 2009 / 00:15 h.

La situación económica desnuda a muchos emperadores, y nos permite ver en sus debidos términos muchos asuntos. Uno de los que ha salido a la luz es el de los lujos y dispendios del sector público, que los hay y muchos. Ha sido la crisis la que lo ha destapado: con la que está cayendo, no podemos permitirnos tanto coche, tanto despacho, tanta canongía. Que se discuta esto y que le saquen a alguno los colores no está mal. Me parece mal el planteamiento, de entender que es algo que hacer sólo cuando hay que apretarse el cinturón, cuando en realidad el asunto es mucho más profundo. Lo que discutimos hoy es la manera de entender el sector público, cómo se presenta éste ante la sociedad en todo momento, con independencia de las circunstancias. Los argumentos para estos gastos son conocidos; por un lado, la seguridad, que no podemos discutir; por otro, algo que llaman la dignidad de lo público, que tampoco debería discutirse a priori. Pero lo cierto es que no estamos entendiendo bien esto último, que está sirviendo para justificar una competencia absurda con el sector privado en sedes, despachos y muebles. Que una empresa tenga una sede mejor que una administración no es malo, siempre que ésta sea adecuada y presentable. Una administración no tiene que estar a la última, o tenerle miedo a pasar de moda en su diseño o decoración. Tiene que ir a lo importante, a la calidad del servicio, a la seguridad y comodidad del trabajo. La austeridad y seriedad es más digna que su alternativa. El ahorro no debe ser una reacción frente a la crisis, sino una filosofía de gestión. Ser modesto en las apariencias no significa no ser ambicioso en los objetivos. Me temo que el sector público ha caído en los mismos errores del conjunto de la sociedad, dejándose seducir por los cantos de sirena del lujo y del diseño; y que ha aceptado el mensaje de que todo dura poco, y que la apariencia es lo primero. La publicidad y los medios han conseguido que creamos que todo nos lo merecemos, que no hay lujo que no nos podamos permitir. Al menos hoy tenemos la oportunidad de aprender que no es así.

Catedrático de Derecho del Trabajo

miguelrpr@ono.com

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