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La dignidad de los monjes

Los eficaces activistas en favor de ese país ejemplo de pacifismo contrastado que es el Tibet y en contra de la intervención del ejército chino en el país de los monjes parecen estar ablandando por fin algunas de las conciencias políticas más pétreas de la cínica Europa, a pocos meses de los Juegos Olímpicos de Pekín...

el 15 sep 2009 / 02:14 h.

Los eficaces activistas en favor de ese país ejemplo de pacifismo contrastado que es el Tibet y en contra de la intervención del ejército chino en el país de los monjes parecen estar ablandando por fin algunas de las conciencias políticas más pétreas de la cínica Europa, a pocos meses de los Juegos Olímpicos de Pekín, el escaparate elegido por China para mostrar al mundo su indiscutible revolución económica. El presidente francés Nikolas Sarkozy advierte que podría dejar fuera de las olimpiadas a los atletas galos si el gobierno chino sigue empeñado en su estrategia de mano dura contra los tibetanos. La alemana Angela Merkel es la única líder europea que ha tratado al líder tibetano, el Dalai Lama como se merece. China tiene un clamoroso déficit en materia de libertades y derechos humanos y un inadmisible actitud con los tibetanos. El milagro económico chino y las oportunidades de negocio de ese inmenso mercado son evidentemente una realidad positiva para su población y el resto del mundo. Pero las democracias occidentales no pueden ser eternamente rehenes de la cartera ni sufrir complejos por más tiempo ante un socio económico tan poderoso como Pekín a la hora de denunciar y exigir que respete los derechos humanos. Europa ha demostrado que es capaz de hacerlo ante países de economías endebles como los Balcanes -Kosovo ha sido su 'logro' más reciente- y algunas otras naciones africanas o del Caribe. Es el momento de atreverse también con el gigante amarillo que no puede tener bula alguna del resto del mundo civilizado para que su ejército haga lo que le plazca en el Tíbet impidiendo la entrada a la zona a los periodistas no manipulables. China deben sentarse a hablar con los tibetanos. Y las democracias europeas tienen que hacer lo imposible para que ese conflicto se resuelva. Boicotear una Olimpíada no es la solución, pero los juegos sin pueden servir para exigir mayor libertad a un país que sólo está dispuesto a hablar de economía.

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