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La dignidad sobrevive en la chabola

Entre tablas, tubos de latón y jaramagos conviven el miedo y la dignidad, la desesperanza y la fe. Porque hay quien no se conforma con el exilio forzado, varias familias huidas de las Tres Mil se han buscado las vueltas para llevar a sus hijos a clase, lograr luz y agua, conquistar rutinas. Hasta que llegue el realojo.

el 16 sep 2009 / 02:50 h.

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Entre tablas, tubos de latón y jaramagos conviven el miedo y la dignidad, la desesperanza y la fe. Porque hay quien no se conforma con el exilio forzado, varias familias huidas de las Tres Mil se han buscado las vueltas para llevar a sus hijos a clase, lograr luz y agua, conquistar rutinas. Hasta que llegue el realojo.

José, siete años, rubio trigueño, ojos verdísimos, se acerca silencioso sobre sus pies descalzos, mira con ansia la libreta y afirma orgulloso: "Yo sé leer y escribir". Sus ojos verdes lanzan una mirada triunfante, que se apaga de pronto. "¿No tendrás un libro o algo? Es que llevo mucho sin leer...", susurra, como abrumado por la tristeza. Lleva mucho sin leer, tanto como el mes y medio largo que hace que no pisa la escuela. Cerca le sigue Ángel, misma edad, rapado al uno, chico y rápido, zalamero. No añora los libros, pero sí a su "señorita Ana" y los lápices de colores.

Ellos son algunos de los cien niños que huyeron con sus familias -200 adultos- de las Tres Mil Viviendas, después del tiroteo del 29 de marzo en el que murió un chico de 17 años. Son algunos de los críos que aparecen en el informe de la Fiscalía, de esos alumnos cuyo absentismo forzado han de resolver las administraciones, de ésos que rompen el tópico de que a los niños no les gusta el colegio. "Les pasa como a mis dos niñas, que adoran escribir. Por eso yo las llevo a clase", explica Isabel a las puertas de la chabola que está levantando con toldos birlados de la Feria. No es un caso excepcional: pese al miedo a volver al barrio -donde les esperan clanes gitanos con los que están enfrentados a muerte desde el tiroteo-, algunos padres están llevando a sus hijos, de forma esporádica, al cole. Unos se buscan a amigos que los llevan y los traen en coche; otros han mandado a los pequeños con la familia, a localidades cercanas a Sevilla. "El caso es que no lo dejen. Nosotros no hemos tenido nada, pero ellos sí pueden", añade rotundo Ángel, otro padre que se la juega.

A la espera de que el Ayuntamiento, la Junta de Andalucía y el Gobierno central decidan cómo desalojar el asentamiento y dónde enviar a sus pobladores, lo que resta es vivir intentando mantener la dignidad. Es lo que hace Mariano, que ha metido a los siete miembros de su familia en una choza impoluta en la que no faltan el butano, la tele y el DVD. "Es que llevaba más de 10 años en un piso de las Tres Mil, porque llevaba una vida normal y tenía un techo. Eso quiero aquí, normalidad, hasta que detengan a los criminales y a los demás nos dejen volver al barrio", explica.

La realidad obstinada tumba el propósito de una rutina tranquila: las malas hierbas ocultan ratas y culebras como las que han intentado morder a Josefa, de apenas tres años. Su madre, Dolores, gime y reclama: "Que me dejen ir a mi piso, que allí tenía luz y agua. Aquí no puedo ni cocinar ni lavar a mis niños. ¿Es que no hay justicia?", repite.

Menos locuaces se muestran los familiares de los cuatro detenidos el jueves en el poblado, relacionados con el tiroteo de marzo. "No han hecho nada -dicen-. No sabemos por qué se los han llevado". Alguno muestra claramente su intención de coger el petate y escapar aún más lejos. ¿Dónde? "Donde se pueda respirar", responde rauda Juana. A su alrededor, sigue el trasiego de martillazos, de tablas que caen, de cables muertos que reviven con chispas mortales, de niños sin clase. Todo se mueve, aunque la sensación es la contraria: la de que el mundo se ha parado en un lugar pasado, lejano, hecho de venganza y pobreza.

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