Cultura

La emoción que no podemos nombrar

el 20 nov 2011 / 16:41 h.

Una actriz bailarina cuyo atuendo remite a un aviador antiguo, una tarima iluminada y unos cuantos cacharros de difícil designación, es lo primero que llama nuestra atención al comienzo de este espectáculo, una creación de danza-teatro tan inquietante como mágica, un broche de lujo con el que el Mes de Danza pone fin a su última edición.

La obra parte de una reflexión sobre influencia de los nombres, sobre cómo la designación con un nombre concreto nos determina y nos define y sobre cómo el hecho de ser nombrados nos confirma como seres individuales. Para ello, la dramaturgia se construye alrededor de una serie de preguntas que abrirán una reflexión sobre la identidad y la pertenencia. Así, la dramaturgia se adentra en un terreno filosófico complejo y difícil de escenificar. Sin embargo, la puesta en escena se decanta por la sencillez recreando espacio escénico conceptual, tan soberbio como sobrio, y un trabajo de expresión corporal tan ajustado como contenido, aunque plenamente transgresor.

A lo largo se la obra María Muñoz se pasea continuamente por la escena inmersa en una retahíla casi susurrante que, más que contar, sugiere mientras juega a definirse como un conejo llamado Carnaval que sueña con poder volar, de ahí su atuendo de aviador antiguo y de ahí también el referente de El Quijote apuntado en unas aspas grandes que cuelgan del techo. Pero cuando la reflexión deja la pista libre a la danza la actriz se despoja de su disfraz para adentrarse en su yo más profundo. Es entonces cuando nos muestra su cara más tierna e indefensa, su necesidad de trascender y conectar mediante un baile colmado de figuras contenidas y un movimiento que tiende a la suspensión y al desequilibrio, aunque transmite serenidad y dominio.

Así, con ese hermoso juego de contrarios la actriz-bailarina lograr desbaratar nuestros mecanismos de defensa y sacarnos de nuestra realidad para llevarnos hacia un terreno de abstracción indefinido, aunque compartido por todos, donde nos invade una extraña emoción que no podemos nombrar.

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