Cultura

La entrega del fuego

Hay artistas que se quedaron a las puertas de ser figuras, pero que todavía son capaces de destilar el licor fuerte, fragante a maderas viejas, del buen cante, es el caso de Juanito Villar.

el 20 sep 2014 / 20:10 h.

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JUANITO VILLAR Y JUANITO VILLAR JR. * * Escenario: Dormitorio Alto de Santa Clara. Cante: Juanito Villar y Juanito Villar hijo. Guitarra: Niño Jero. Entrada: Lleno.   Juanito Villar hijo, junto a Niño Jero en un momento de su actuación. / Antonio Acedo Juanito Villar hijo, junto a Niño Jero en un momento de su actuación. / Antonio Acedo Hay artistas que se quedaron a las puertas de ser figuras, y que tal vez se hallan lejos de sus mejores momentos de forma, pero que todavía son capaces de destilar el licor fuerte, fragante a maderas viejas, del buen cante. Es el caso de Juanito Villar, voz veterana que escoltada por su inseparable Niño Jero –otra leyenda gaditana– regalaron de entrada bulerías por soleá y alegrías de Cádiz, antes de pasar a unos deliciosos tangos, agilizando y ralentizando los tercios en un dominio total de los tiempos. Cantaor que hace lo que sabe, y sabe lo que hace, concluyó por bulerías antes de dar paso a su hijo. Juanito Villar junior probó fortuna por la senda de la seguiriya, muy marcada en la respiración, que derivó en una exhibición vocal un tanto desmesurada. Tenía ganas Villar de impresionar favorablemente al auditorio de la Bienal, y decidió que la senda más adecuada para ello era desplegar sus potentes facultades. Insistió en ello en el fandango de la Calzá, para terminar a continuación aliviándose por tangos. En el final por bulerías, Villar invitó a su vez a su hijo –si no me equivoco, sobrino-nieto del gran Gineto– a que subiera a darse una pataíta, con tanta fuerza que no habría extrañado que se viniera abajo la torre de don Fadrique. Al lado de este ímpetu juvenil, Niño Jero viajaba en el tiempo para convertirse en músico de Qadish, como había hecho antes en los tangos de Villar senior. De algún modo, el músico jerezano tampoco está para virtuosismos, pero conserva ese toque sabroso que da gusto oír. Esa es la mejor lección que podría recibir los Villar del siglo XXI de sus mayores: está bien lucir el poderío, pero cuando la voz se desgasta con los años, conviene sacar a la luz esa sabiduría que no solo no se merma, sino que se enriquece al pasar el tiempo. El espíritu de Chano Lobato, que sobrevoló en algún momento entre las vigas del dormitorio alto, sabía mucho de eso. Esa es la antorcha, ese es el fuego que deben pasarse de mano en mano las sucecesivas generaciones.

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