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La euforia o la cruda realidad de la tabla, he ahí la cuestión

LA CONTRACRÓNICA. El Betis ganó después de cuatro meses en blanco y lo celebró como si estuviese salvado. Tres de sus próximos cuatro partidos son fuera de casa. La prueba del algodón para este principio de remontada.

el 02 feb 2014 / 22:41 h.

Real Betis - Espanyol. / Marcamedia Lolo Reyes, de nuevo a un gran nivel, gana a Simao en el salto. La interminable historia del Betis perdedor dejó de ser interminable y tocó a su fin. Han sido cuatro meses y cuatro días, una sequía digna de morirse de sed, o lo que es lo mismo, una ausencia de victorias digna de un descenso a Segunda. Los béticos, los de la grada y los del césped, lo festejaron con esa explosión de alegría y rabia propia de quien acumula mucho sufrimiento en el cuerpo y la mente. Cualquiera diría que el Betis había garantizado su permanencia en Primera, pero no, sólo era una victoria después de catorce jornadas de derrotas, varapalos y desgracias en general, incluidos los dos cambios de entrenador y por supuesto los 39 puntos que se perdieron por el camino. Ojalá el final de la tortura no sea provisional y los efectos revitalizantes del triunfo deriven en una remontada como dios manda, pero, y no se trata de ser agoreros en el primer día feliz de los béticos en muchísimo tiempo, no hay que obviar la realidad. El Betis tiene ocho puntos de desventaja respecto al cuarto por la cola cuando hay 48 en juego por delante y en las cuatro próximas jornadas, las que deberían confirmar si la remontada se queda en amago o se transforma en un hecho, tiene tres partidos como visitante, el primero ante el conjunto que el sábado horadó la inviolabilidad del Barça en el Camp Nou y por último ante el quinto clasificado, y en medio recibirá al Athletic, a la sazón cuarto. La euforia es lógica, pero Gabriel Humberto Calderón debe saber utilizarla para que beneficie a su equipo y no al contrario. El técnico ha proporcionado equilibrio a su equipo dentro del campo y ahora tendrá que hacerlo también fuera. Una ventaja: esta vez la coyuntura es tan crítica que a ningún iluminado se le ocurrirá hablar de Europa si al Betis se le ocurre ganar dos partidos. Por cierto, las comparaciones son odiosas pero también inevitables. N’Diaye, que según su propia confesión es más mediocampista que zaguero y sólo tuvo dos días para acoplarse al grupo, fue algo así como una mezcla de Puyol y Sergio Ramos. Qué importante es para un equipo sentir que su retaguardia tiene más de muro sólido y bien construido que de coladero por donde entra cualquier enemigo sin pagar entrada. Sólo por ahí pareció por fin el Betis un equipo de verdad y no la caricatura que era hasta ayer. De Rubén Castro y Lolo Reyes ya habrá tiempo para hablar otro día. De momento, los béticos se conforman con disfrutar aunque sea un día y pensar que lo imposible sigue siendo imposible pero menos.

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