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La femme mueve montañas

La alpinista donostiarra, primera mujer en ascender los catorce ‘ochomiles', está en Sevilla, donde tiene lugar el Desafío 14x8.000, una iniciativa para dar a conocer el montañismo, y la figura de una vasca que empezó con 14 años en este deporte.

el 26 sep 2010 / 10:00 h.

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Sevilla, ciudad plana donde las haya con sus escasos siete metros sobre el nivel del mar, se ha convertido este fin de semana en paraíso para los montañeros, que tienen una cita en la Alameda de Hércules, escenario del Desafío 14x8000.

Una iniciativa de Endesa para dar a conocer este deporte aún minoritario y la figura de una vasca que comenzó junto a sus padres, a la edad de 14 años, a escalar en roca con el club de montaña de su Tolosa natal y que, antes de cumplir los 37, se ha erigido en pionera del alpinismo mundial tras ser la primera mujer en hollar las cimas de los catorce ochomiles (montañas de más de 8.000 metros de altitud) del planeta.

Una gesta labrada a lo largo de nueve intensos años, los que han transcurrido desde que alcanzó la cima del mundo, el Everest (8.848 metros), el día 23 de mayo de 2001, con ayuda de oxígeno, y hasta que el pasado 17 de mayo consiguiera cerrar el círculo tras doblegar, en su quinta tentativa, al Shisha Pangma (8.027).

Una gesta que se transformó además, en los últimos meses, en una doble carrera de fondo, pues a la propia del logro de un reto personal se añadió la de anticiparse a las otras aspirantes. De hecho, el hito de Edurne no fue tal hasta que las autoridades surcoreanas pusieron en entredicho a su compatriota Oh Eun-Sun y, por falta de pruebas, acabaron por no reconocer su ascensión al Kangchenjunga.

Pasaban, por tanto, terminó por imponerse a la asiática, pero también a la austriaca Gerlinde Kaltenbrunner -tiene 13 ochomiles, sólo le falta el K2, aunque con el valor añadido de no haber utilizado oxígeno en ninguna subida- y a la italiana Nives Meroi, que tiene 11 en su haber, todos ellos en compañía de su marido, Romano Benet.

Y una gesta que, de por sí ardua para una mujer (veinte hombres la realizaron antes), estuvo lógicamente preñada de capítulos de penuria máxima, de reveses cuasi insoportables para cualquier ser humano.

Uno de ellos acaeció en 2001, en un segundo conato de escalar el temible Dhaulagiri (8.167), ese coloso que ya se le había resistido en 1998, quedándose a apenas 272 metros de la cima por la nieve acumulada, y que no pudo superar hasta diez años después, en 2008. Pero su desgracia en esa cima nepalí queda en anécdota ante la tragedia sufrida por uno de sus compañeros de expedición en aquel octubre de 2001, Pepe Garcés, quien perdió la vida al resbalar y precipitarse al vacío.

Otro episodio agónico para la tolosarra tuvo lugar en 2004, cuando tras hollar la cima del K2 sufrió en su descenso la congelación de dos falanges de los dedos de los pies, que le tuvieron que ser amputados semanas más tarde en Zaragoza. Otro mal menor, pues a su colega Juanito Oiarzabal le debieron amputar los diez dedos. Sí, todos.

Tras afrontar en julio de 2005, sin éxito, la subida al Nanga Parbat (8.125), Edurne entró en una depresión que le duró año y medio y que casi le hizo desistir de su desafío. Pero la fe mueve montañas y la donostiarra volvió a la carga en julio de 2007 para enlazar, en sólo tres años, la última media docena de ochomiles.

Cumplida a la perfección la gran empresa profesional de su vida, Pasaban ha decidido hacer una parada en su agitada agenda deportiva para centrarse en otros aspectos que siempre debió relegar por la montaña. Así, esta licenciada en Ingeniería Industrial y máster en Recursos Humanos es una de las personas más solicitadas por las grandes empresas y escuelas de negocios como conferenciante sobre liderazgo y trabajo en equipo, actividad que compagina con sus estudios para conseguir el título de entrenadora personal y la gestión de la casa-restaurante de turismo rural, Abeletxe, que posee en Zizurkil.

Y aunque anuncia la posibilidad de retirarse del deporte profesional, no deja de advertir por otro lado de su intención de regresar al Everest para volver a escalarlo esta vez sin oxígeno y que su obra alcance, ahora sí, la perfección absoluta.

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