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Feria de Abril

La Feria de las carretillas

De 6.00 a 12.00 el Real se llena de furgonetas de reparto para abastecer a las casetas.

el 09 may 2014 / 20:24 h.

 El aprovisionamiento de botellas de manzanilla en el interior de las casetas tiene lugar antes de la llegada de los primeros feriantes. / fotos: Carlos Hernández El aprovisionamiento de botellas de manzanilla en el interior de las casetas tiene lugar antes de la llegada de los primeros feriantes. / Fotos: Carlos Hernández La noria no da vueltas y la Calle del Infierno duerme aún a pierna suelta la resaca de una larga madrugada de excesos de adrenalina. Casi todas las barracas y atracciones feriantes amanecen con las lonas echadas. Sus calles son una ciudad fantasma y solo el incesante avispeo de algún generador eléctrico altera el silencio y la quietud. A pocos metros de allí, en Costillares, frontera de las manzanas donde se extienden las 1.049 casetas del Real, el trajín es otro muy distinto. Son las nueve y media de la mañana y centenares de hombres y mujeres se emplean a fondo en lavarle la cara y en peinar el albero de un Real somnoliento al que un intenso jueves de farolillos le ha dejado con la despensa medio vacía. De 6 a 12 de la mañana las calles con nombres de toreros son el reino de la carretilla, de la carga y descarga. Por las mañanas, la Feria es un trajín continuo de carretillas de un lado para otro. Por las mañanas, la Feria es un trajín continuo de carretillas de un lado para otro. A estas horas, cuando el sol apenas calienta, la feria es terreno abonado para cuponeros de distinta cantinela, afiladores en coche o motorizados, guardas de casetas con caras de sueño, esforzados operarios de Lipasam y para decenas y decenas de camiones y furgonetas de proveedores de los más diversos géneros. El de la Pepsi, el de la Cruzcampo, el de la Coca-Cola, el de los hielos, el de la manzanilla, el del pescado y el marisco, el de la fruta, el de las bombonas de butano, el de los minimiguelitos de La Roda, el de los ibéricos de bellota... José Manuel Muñoz Osuna Canti, es uno de los distribuidores de Pepsi en la Feria. Aparcó su camión a eso de las seis de la mañana en la esquina de Costillares con Joselito el Gallo y, desde ese punto estratégico, con la ayuda de cuatro empleados y otras tantas carretillas, le tocará abastecer de Pepsi y Seven Up a unas 70 casetas dispersas en cinco calles distintas. Calcula que cuando acabe la Feria habrá distribuido unas 1.500 tanquetas, de 18 litros cada una, al margen de los refrescos repartidos en botellines de cristal. «Aquí me da siempre las doce de la mañana», refiere, hora en la que, como en el cuento de Cenicienta, las decenas y decenas de furgonetas y camiones que abarrotan tempraneramente el Real deben abandonarlo a la carrera para que se inaugure el paseo de caballos por el adoquinado del recinto ferial. «Los días más duros de trabajo son el viernes y el sábado de preferia, además del martes, miércoles, jueves y viernes de farolillos. Ya el sábado vamos recortando los pedidos que nos hacen para que el día de la recogida haya que llevarse menos bultos». El afilador es otro de los personajes que no faltan en las mañanas de Feria. El afilador es otro de los personajes que no faltan en las mañanas de Feria. Las casetas tienen precisas instrucciones de Lipasam de reciclar el vidrio por separado del resto de la basura. Es lo que intenta hacer, cuando le dejan, Ricardo Dahlander –su bisabuelo fue bisabuelo de Suecia en España–, guarda de la caseta Er Búcaro, en el 55 de Juan Belmonte. «La caseta se ha cerrado esta mañana a las 7.15 horas. Mi misión es la de quedarme vigilando para evitar altercados y que nadie pueda entrar a robar y esperar a que por la mañana vengan los primeros proveedores para recibir la mercancía y de paso pagarles», asegura. A estas horas de la mañana, es normal que haya una relajación de las ordenanzas municipales sobre la Feria y que, a través del hilo musical de la caseta, suene un poco de heavy metal. «Es la música del teléfono móvil de un amigo mío», explica Dahlander mientras abona la primera factura de la mañana al de la Coca Cola. «Ya a las cinco o a las cinco y pico de la mañana vienen los proveedores para tomar nota de lo que vamos a necesitar». El cronista sigue pateándose el albero feriante en busca de nuevos testimonios que aportar al reportaje cuando alguien desde el interior de una caseta llama su atención: «Sschhh. sschhh. ¿Es usted el de la Cruzcampo». «No, caballero». «Aaaahhh, perdone, es que me habían dicho que el de la Cruzcampo vendría con una camisa blanca y una libreta». Entre tanto camión de fresco y manzanilla, la serigrafía de una furgoneta de reparto blanca estacionada ante la caseta del Círculo Mercantil llama la atención:«Erjutoys SL. Venta de juguetes». La conduce Galo Hidalgo. «Hoy es que dan en esta caseta algunos regalos, aunque en la Feria nuestros mayores clientes están en los cacharritos y, principalmente, entre las barracas de las pescas de patos». Y sigue: «Las tómbolas ya no son lo que eran. Antes las tómbolas se aprovisionaban de juguetes, pero después empezaron con los electrodomésticos chicos...». Veterano representante del gremio del juguete a multiprecio, Hidalgo teoriza sobre las peculiaridades que se han dado este año en el calendario feriante andaluz. «El problema es que este año se pisan unas ferias con otras. La de Jerez, por ejemplo, empieza este domingo, cuando todavía no ha acabado la de Sevilla, y la de Dos Hermanas arranca ya la semana que viene. La última de la temporada será el 20 de octubre, Brenes». A Galo Hidalgo no le importa tanto ajetreo de aquí para allá. «Lo peor –se lamenta– es que hay que traer a la mujer por la tarde a la Feria...». Palabra de repartidor feriante.

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