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La Feria de Un Solo Libro

Cada uno de los sevillanos está invitado hoy a una fiesta maravillosa. Han dejado invitaciones en todos los bancos.

el 11 may 2010 / 20:57 h.

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En la Plaza de San Lorenzo se celebra la Feria de Un Solo Libro. Es un librito sencillo con la portada roja. Sobre el amor, de Rilke. Tiene rasgos de ser vivo; una inquietud propia; la digna indocilidad de un pajarito silvestre con una pata rota en manos de alguien desconocido, aleteando tozudo y malhumorado con cada embestida de la corriente húmeda que baja desde Torneo, y en la que busca un apoyo para liberarse y subir hasta los árboles, como los surfistas se encaraman a la ola. El empeño es doblemente inútil: lo lleva sujeto una muchacha con las correas de sus dedos, dispuestos con tal veteranía de lectora, tanta paciencia y tan espontánea pero firme ternura, alrededor de este poemario herido y abierto, que si algo puede darse por hecho es que esas manos, pese a la aparente delicadeza de su juventud, han domado ya (probablemente, no sin abundantes lágrimas, mordiscos y zarpazos) a un puñado de los ejemplares más bravíos y montaraces de cuantos ha arrojado al mundo la Madre Literatura. Sentada en su banco, la mirada fondeada en el libro a medias, más o menos por donde aparece esa estrofa que afirma:

Estos besos han sido en un tiempo palabras;

en la puerta, al salir, dichas con fuerza,

abrieron con violencia los portones.

¿O tal vez fueron gritos estos besos...?

A lo lejos, cuatro plazas más al sur, una inmensa fortaleza de lonas y aluminio celebra con estrépito de clarines sus justas y fiestas del libro, revestidas del esplendor y la pompa de los que es capaz una de las capitales emocionales del mundo. Aves del paraíso, tucanes, águilas imperiales, lechuzas blancas, inseparables, guacamayos, cigüeñas y pavos reales, todos ellos flamantes y oliendo a papel nuevo, despliegan su plumaje o ejecutan allí espectaculares ejercicios de vuelo y cetrería. El albatros de Pérez Reverte y el cuco de Punset acaparan la mayoría de los ¡oh! y los ¡ah! del precioso festival sevillano de la cultura recién impresa. Arriba, mientras tanto, en San Lorenzo, donde el pajarito silvestre que no se está quiero, el bullicio es otro. Corre el fragor decimonónico de la Sevilla de paisano de las siete de la tarde. Las hojas imitan el ruido del mar, el Sol empieza a echarse por detrás de Teodosio y las tórtolas se bañan en los charcos de los adoquines o tropiezan, torponas, en los alcorques de esos descomunales plátanos de indias que emergen del acerado como sigilosos monstruos grises de ojos negros. Dos chiquillos se carcajean con la bordería contra Lopera que han grabado en uno de aquellos. Bandadas de otros niños corretean con los mofletes colorados y el trasiego de las meriendas anima los veladores. Dos mendigos sucísimos se reparten el costado que da a Santa Clara; uno, vocinglero y aspaventoso, increpa al otro con una especie de balido de aguardiente que lo mismo es un saludo; el otro, indiferente, entreteje algún tipo de artesanía sentado al pie del muro de la parroquia. De vez en cuando pasa un coche y pita. Pero nada de esto interviene ni sucede en este preciso momento de la vida de la lectora. Ni siquiera las señoras que en el banco de enfrente se entretienen medio a voces con otra vecina que pasa, con un bolso dorado y un perro. No hay en ese instante en toda Sevilla una plaza más hermosa ni más viva que ésa que ni siquiera existe para una muchacha que, con el típico recogido que éstas se hacen cuando no les importa nadie, se asoma a Rilke con las yemas de dos dedos apuntalando sus labios. Esta vez, las piernas de la lectora se han cruzado sobre la losa del banco y, con las pastas rojas en el regazo, vuelve a las primeras páginas; aquéllas en las que, en sus Cartas a un joven poeta, dice que "amar es, para el que ama, soledad, un estar solo más grande y más hondo", una misión, una exigencia, un motivo, la manera de convertirse en mundo y, llegado el caso, una forma de comunión "para la que ahora apenas bastan las vidas humanas". Por eso este acto de amor, este leer un libro en un banco y robarle las alas para volar es una escena inagotable. Más de la mitad de los sevillanos (la mitad más uno) leen libros. Dos tercios de ellos lo hacen con cierta frecuencia, calcula el gremio de editores. Lo que no dicen es dónde ni cómo.

Mira, quiero rodearte de ti misma, le dice Rilke a la muchacha. Las meriendas hace rato que acabaron, pero ella aún sigue ahí. Qué de plazas, qué de palabras como besos, cuántas maneras de amar y amarse. La Feria de Un Solo Libro está dejando invitaciones por todos los bancos.

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