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La flor de la Esperanza

De las manos de Juan Manuel González –fuentes de amor– nacen las flores de cera que luce, cada Madrugá, el paso de palio de la Macarena

el 11 mar 2015 / 13:00 h.

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Sevilla 10-3-2015 Cereria Nuestra Señora de la Salud (La Rinconada)Se dice que el amor es un sentimiento que brota del corazón. No siempre es así. Los dedos de Juan Manuel son regueros de esa forma querer, de sentir y de hacer. De sus manos nacen esas flores que, cada Madrugá, se empeñan en casi rozar la cara de la Madre de Dios en Sevilla, la cara de la Esperanza Macarena. Desde hace más de 30 años, Juan Manuel González Hinojosa es el encargado de confeccionar las velas rizadas de la dolorosa de San Gil, «algo que me hace sentir uno de los hombres más afortunados del mundo», dice este artesano de la cera mientras ultima una de las rosas que acompañará a La Macarena la próxima madrugada del Viernes Santo. Es en la cerería Nuestra Señora de la Salud, en el municipio de La Rinconada, dónde Juan Manuel da forma a los 14 ramos de cera que la Esperanza luce en su paso de palio cada Semana Santa. «Es un trabajo especial, en el que intento impregnar, siempre, la personalidad de la Virgen. Nunca encontraré el modo con el que agradecer el privilegio que me ha dado Dios», confiesa emocionado. La nave en la que trabaja Juan Manuel y su equipo desprende el olor de la cera pura recién fundida camuflado con el del incienso. Sus paredes son exposiciones efímeras de las imágenes para las que se trabajan allí. La Macarena ocupa un lugar especial. «Mis primeras flores de cera fueron para mi Virgen de la Salud –titular mariana de la corporación a la que Juan Manuel pertenece y de la que fue hermano fundador–. La siguiente Hermandad que confió en mí fue Santa Genoveva, que fue la primera de Sevilla. Poco después, llegó La Macarena», explica. San Benito, La Sed, La Trinidad, San Bernardo y el Carmen Doloroso, entre otras, son las hermandades sevillanas para las que la cerería rinconera trabaja en la actualidad. De sus parsimoniosas palabras se desprende la dureza de un trabajo «que sigo haciendo de la forma más artesanal, como el primer día, pétalo por pétalo». Hoy, existen otros mecanismos más industrializados. Sin embargo, Juan Manuel ha preferido conservar ese arte manual que hace grande su trabajo. «El Lunes de Pascua comienzo a trabajar en la Semana Santa del año siguiente. No hay descanso. Es un proceso sacrificado, que requiere mucha dedicación pero que te aporta una recompensa sentimental inimaginable», enuncia. De la mano de su mujer, cada Madrugá, Juan Manuel alcanza «el cielo». La ve venir de lejos, se fija en la profundidad de sus ojos y le cuesta creer que algo que ha salido de sus manos vaya tan cerca de la Esperanza. «Esa noche siento una emoción que no podría explicar». Por más que pase el tiempo, le siguen brillando los ojos. Se siente privilegiado. Y es que, de sus manos nace la flor de la Esperanza.

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