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La flor que mató a todos los libros

El último lugar adonde habríamos ido a buscar a mi abuelo Ricardo habría sido a una floristería. Contundente hombre de su tiempo, sus principales manifestaciones de sensibilidad eran la repulsión hacia los zurdos, la pena de muerte a quien chistase mientras escuchaba...

el 16 sep 2009 / 05:32 h.

El último lugar adonde habríamos ido a buscar a mi abuelo Ricardo habría sido a una floristería. Contundente hombre de su tiempo, sus principales manifestaciones de sensibilidad eran la repulsión hacia los zurdos, la pena de muerte a quien chistase mientras escuchaba música clásica, la expresión de su cara al rellenar su pipa, su extraño amor por los suyos, el brillo de sus ojos al tener ideas geniales y la sonrisa con que posaba para la cámara delante de su biblioteca de miles y miles de libros, protegidos de la voraz estupidez ajena por puertas de cristales, varios azulejos y carteles con amenazas y, finalmente, por él mismo, siempre armado hasta los dientes con un bastón y una lista de improperios como no se ha visto en Occidente desde la caída de la Inquisición. Pero ayer, de uno de sus viejos libros que ahora guardo, sorprendentemente cayó una flor.

La flor decora ahora, si decorar fuese el verbo y flor el sustantivo, uno de los vértices del ordenador de mesa en cuya preciosa pantalla, que preside la estancia, se reflejan las estanterías repletas de novelas. En esa pantalla, uno de cada tres textos que emergen desde internet alerta, promulga, llora, duda, niega o publicita la muerte del libro. Los libros siempre han estado vivos o muertos, dependiendo de quien lo dijese, y ahora están más muertos que nunca: los prestidigitadores de la opinión pública tienen claro que el libro electrónico (no el de ahora, que es un trasto como lo fueron los primeros móviles) matará al papel. ¿Es posible que todas esas flores metidas en todos esos libros (por no meter el propio corazón) dejen de ser rosas para convertirse en crisantemos?

Umberto Eco sabía que se lo iban a preguntar el día en que acudió a inaugurar la impresionante y fastuosa Biblioteca de Alejandría (que, como todo el mundo sabe, estuvo muerta durante cientos de años), y eso que en 2003 aún no se había desarrollado la tecnología que sólo ahora está empezando a sacarles la lengua a los impresores. "Si les dijéramos que no", se adelantó el semiólogo entonces, "que ni los libros ni la literatura ni la figura del escritor van a desaparecer, los entrevistadores entrarían en pánico. Porque si nadie muere, ¿cuál es entonces la noticia? Publicar que murió un premio Nobel es una flor de noticia". Y recordaba que el ser humano tiene una memoria vegetal en los libros, como otrora tuvo una memoria mineral en piedras como la de Rosetta, que entonces contenían toda la escritura y ahora sólo son objetos de museo. Pero citó una tercera, la más importante: una "memoria de carne y sangre" con la que el hombre se repone de todas las muertes y de todas sus obras.

No es la muerte del libro (al fin y al cabo, un objeto como pueda serlo una piedra plana), sino el triunfo de la palabra, que muda la camisa de su vejez y emerge rejuvenecida en todos los tiempos, demostrando al mundo que ella es el mundo. Y en el futuro lejano, cuando ya no haya papeles ni pantallas, hombres y mujeres dotados de una tecnología ahora impensable lograrán escribir en el cielo con polvo de oro, para que el cielo entero sea un libro y puedan leerlo las flores.

Periodista

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