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"La fotografía de Capa fue un grito de alerta en la antesala de la guerra"

Carmen Rengel publica un estudio sobre uno de sus ídolos. Antes de ser considerado el mejor fotógrafo de guerra del mundo, Robert Capa visitó Andalucía y se impregnó del ambiente. Un minucioso trabajo reconstruye aquella experiencia.

el 04 jun 2012 / 18:12 h.

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Robert Capa, el fotógrafo de prensa más influyente de todos los tiempos, tal vez no habría sido quien fue si no hubiera pasado por Andalucía en 1935, haciendo sus primeros pinitos profesionales. Esta es la principal conclusión que se desprende del minucioso y apasionado estudio realizado por la periodista Carmen Rengel (Albacete, 1980), y que ha visto recientemente la luz bajo el título El viaje andaluz de Robert Capa.

"Aquí se estrenó como enviado especial, ganando el respeto de publicaciones francesas y alemanas", explica la autora. "Luego está el plano vital, inseparable del profesional. En Andalucía, Capa entró en contacto con los refugiados que, como ocurriría más tarde con los que retrató en los Pirineos, marcarían a fuego el dolor de la derrota de sus ideales y su intensa humanidad en la mirada, la del observador atento a la vida por encima de la contienda. Y está el miliciano, que lo catapultó a la fama, sin el que podría haber sido uno más de los enormes periodistas que contaron la guerra civil", agrega.

El hecho de que la famosa imagen de Cerro Muriano sea todavía objeto de controversia es para Rengel una prueba más de la dimensión de Capa. "Su estampa es un icono de una guerra idealista para Europa, llevó a la prensa el dolor de España, que hasta entonces había llegado en crónicas fantásticas, pero necesitaba un símbolo definitivo. Era la antesala de la Segunda Guerra Mundial, un grito de alerta", explica. "Es foco de estudio por su valor histórico pero también de envidias: fue la llave para que a Capa lo denominasen ‘el mejor fotógrafo de guerra del mundo'. A él, a nadie más. Todo lo que hizo después llevó esa marca. Ninguna otra foto ha sido sometida a tanta presión, y pese a ello, no desgasta su valor. Desde luego, perdería si fuera un posado, un montaje, porque el periodismo es contar las cosas de la mejor manera posible pero, sobre todo, contar la verdad. Quiero creer su versión, un juego que acabó en tragedia".

En palabras de Rengel, Capa vivió en Sevilla la Semana Santa y la Feria, pero logró regatear los tópicos "primero, por desconocimiento puro de las dos fiestas y, luego, por su ansia de ver la calle transformada, la fe y la alegría. Llegó rápido, en una visita encajada entre Madrid y San Sebastián, sin redactor, con el propósito de captar imágenes de las fiestas de primavera. De hecho, en las cartas a sus familiares mezcla los trajes de gitana con los pasos de Semana Santa. Se dejó llevar por lo que veía. Como las esculturas o las sevillanas no le llamaban la atención, se centró en la gente. Ahí manejaba conceptos universales de curiosidad, cansancio, alegría... Se sentía cómodo".

Corresponsal en Israel de varios medios, Rengel tiene actualmente muchos motivos para acordarse a diario de Capa. "Lo tengo presente siempre que hablo con algún judío que llegó en los barcos desde Europa, los que él retrató. Son ellos de jóvenes, aunque no lo sean, los que tengo en la retina. Me gusta la paz que encontraba en las rendijas de la contienda, los milicianos de Barcelona al sol, que son los chavales que tiran piedras en Qaladia, minutos antes del jaleo, fumando un cigarro o comiendo pipas. Y los ojos de los niños, siempre... los mismos de Italia, Indochina, o Vallecas".

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