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La función social del arte

el 22 feb 2013 / 08:42 h.

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Tomar partido
Teatro Lope de Vega del 21 al 24 de febrero.Autor: Ronald Harwood. Dirección: Pedro Álvarez Ossorio. Intérpretes: Antonio Dechent, Roberto Quintana, Emilio Alonso, José Manuel Poga, Rocío Borrallo, José David Gil.

La segunda Guerra Mundial ha terminado. El mundo se prepara para un nuevo orden y, para ello, necesita condenar a los culpables pero, ¿hay que considerar como tal a los intelectuales y artistas que se vieron abocados a poner su obra al servicio de los nazis?
Es la cuestión central de esta obra, cuyo punto de partida es la investigación a la que fue sometida el director de orquesta Wilheim Furtwängler, quien fue titular de la Orquesta de Berlín durante el periodo de ocupación nazi. Eso le valió que le acusaran de simpatizar con el Partido Nacionalsocialista, a pesar de que él manifestó siempre su rechazo hacia al nazismo negándose en público a dar el saludo nazi, y además de haber conseguido librar de la muerte a algunos ilustres músicos judíos.

Pero su música era utilizada por el régimen para subir la moral de los soldados alemanes y, aunque intentó marcharse de Alemania para dirigir la Orquesta de Nueva York, fue rescatado por el mismísimo Göring, quien le puso al frente de la orquesta de Berlín.
Ronald Harwood reflexiona en esta obra sobre la implicación del artista, que supuso un icono cultural de la Alemania nazi. De ahí que el otro personaje central de la obra, el comandante que lleva a cabo la investigación, le acuse de haber "tomado partido". Ante eso el músico se justifica abogando por la separación del arte y la política. Con ello abre un interesante debate sobre la función social del arte y la responsabilidad moral del artista. Con esta nueva versión de Pedro Álvarez Ossorio y Pepa Sarsa se sumergen de lleno en el debate mediante un discurso a caballo entre la intriga y el coloquio, unos diálogos tan fluidos como densos y un magistral tratamiento de las subtramas y los personajes secundarios.

La puesta en escena se decanta por un ejercicio de puro teatro recreando un hermoso espacio escénico, preñado de simbolismo aunque de improta naturalista. Para ello se sirve de una escenografía fastuosa preñada de detalles, un vestuario de corte realista y una iluminación que nos envuelve en el color sepia de la postguerra. Aunque lo que logra emocionarnos es la genialidad de los intérpretes. Antonio Dechent borda su papel de comandante. Rocío Borrallo es la dulzura personificada, J. D. Gil y J.M. Poga nos brindan toda una gama de matices, y Roberto Quintana nos regala una auténtica lección teatral. H

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