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Feria de Abril

La gente está en la playa

Almuerzos de socios aparte, escaso ambiente ayer en el campo de Los Remedios, donde prosigue el montaje contrarreloj

el 03 may 2014 / 21:30 h.

Sevilla 03 04 2014: Pre-Feria<br /><br />

FOTO:J.M.PAISANO Cuatro muchachas con una papa muy gorda canturrean por la calle Santa Fe desde lo alto de un coche de caballos, en dirección a los farolillos. ¡Ahora, sin manos!, grita el cochero, que lleva a una rubia especialmente intrépida a su lado, en el pescante. Y levanta las manos, tras soltar las riedas. ¡Guapoooo! ¡Guapooooo!, vitorean estas émulas de las hermanas Brontë a todo bicho viviente, mientras algunos, desde la acera, igualmente cargaditos de octanaje, las jalean y ellas enardecen su discurso, rebozadas en la flama que ayer a media tarde envolvía esos confines de Sevilla en los que se perpetra la llamada preferia, con éxito variable. El termómetro marca 36 grados, lo normal, y la explanada de los toreros sigue siendo una inmensa obra que, lejos de haber terminado, rebosa de chirridos de sierra, portazos de furgoneta, maldiciones de fontanero tras pillarse los dedos con una taza de váter y, amasándolo todo en una mezcla infame, sevillanas de bote a todo pasto desde las pocas casetas que ya están entregadas a su destino. No hay nadie paseando. Había uno y resultó que era el fotógrafo del periódico. Porque salvando la escena de las Brontë y unas cuantas comidas de socios más o menos animadas, siempre de toldo para adentro, allí había ayer menos ambiente que en la cafetería de la Estrella de la Muerte, un lunes. Pero ni allí ni en el centro de Sevilla. Visto el grado de empetamiento de la playa de la Barrosa, va cobrando fuerza la tesis de que media Sevilla se ha marchado y está cogiendo colorcito para encasquetarse el traje de flamenca y que le digan que hay que ver lo guapa que está, el tipín que se le ha quedado y lo bien que le sientan los lunares. De ahí el vacío. O a lo peor resulta que lo que no es noticia no es noticia, por mucho que uno se empeñe. Los que hay en el campo de Los Remedios haciendo guardia son, pues, una discretita minoría. Eso sí, mucho almuerzo de confraternidad pero allí no cocina nadie: vengan camiones de catering. En la calle Pascual Márquez hay uno en el que pone no sé qué, no sé cuánto, el nombre, tal, y luego añade en letras grandes: Ambigur. Así, con erre. Mucho más exquisito, dónde va a parar. Plural, ambigures. El afilador pasa tantísimas veces con su flautita que aquello parece no la Feria, sino el Rocío. La portada luce preciosa, para una vez que no representa la tapia de Torneo, pero el quiosco de información turística que hay a su vera se encuentra cerrado. Bien hecho. No sea que algún extranjero se vaya a enterar antes de tiempo del plan secreto para la Feria de Mayo. De momento, lo único que ha trascendido es la alegría que derraman sobre las cabezas los farolillos naranjas. Aunque sobre esas mismas cabezas también se ve una estela blanca rajando en dos el cielo azulísimo. ¿Serán los famosos chemtrails que cuentan en el programa de Íker Jiménez, espolvoreando al respetable con extrañas y perniciosas sustancias para que se comporten de determinado modo (gritando guapo a un desconocido, bebiendo, soltando las riendas y que sea lo que Dios quiera, añadiendo erres finales a las palabras o celebrando fiestas a destiempo, la gran afición hispalense)? La verdad estará ahí fuera, pero hace mucho calor. En la Calle del Infierno no hay ni un alma, y los feriantes ponen sus bocinas y mueven los cacharritos de rato en rato para espantar el silencio. Si no fuese porque está puesta a todo trapo la musiquilla hortera que se usa como condimento para someter los cuerpos humanos a toda clase de tensiones y zarandeos, como si la anatomía humana todavía necesitara demostrar algo, aquello no se diferenciaría de una urbanización del Pocero a la hora de la siesta. Cuenta una muchacha desde detrás de su taquilla que sí, que los precios están más baratitos en estos días y que luego suben un poco. Si se puede llamar baratito a tres euros la ficha. Que por lo visto, legalmente, se puede. Aunque solo por ver la estampa del viejo y entrañable Látigo Nazareno merece la pena acercarse por allí, con esos cochecitos que parecen las cuádrigas de Ben-Hur. El sol arrecia. Dan ganas de llamar a un ambigur y pedir unas mirindas. Y mientras tanto, en donde el albero, los operarios siguen cogiéndose los dedos con las tazas de váter. Algunas casetas, a falta de toldos, están chapadas de arriba abajo. Un guarda dormita en una silla de enea sujetando una ristra de farolillos sin colocar. En una cuba de la calle Gitanillo de Triana, delante de la PeñaHispalense, hay una caja de cartón de ron Barceló, otra deLarios, de Red Bull, de Cacique, de vasos vip everyday, de gel crema de ducha, de jamones la Montanera... y otra de pañales Dodot. Esta última se antoja especialmente providencial, habida cuenta del solazo que pronostican los doctores en la materia para los días venideros. Un hombre va vendiendo mostachones de Utrera. Debe de ser un efecto del dichoso chemtrail. Huele a fritanga. A fritángar. Y aún no ha empezado.

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