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La Giralda derribada

Si la Giralda se cayera hoy, quedaría de ella una inmensa iconografía y unos planos tan minuciosos que permitirían levantarla de nuevo, ladrillo a ladrillo, como hicieron los venecianos con la torre de San Marcos, que a todos nos parece auténtica.

el 16 sep 2009 / 02:11 h.

Si la Giralda se cayera hoy, quedaría de ella una inmensa iconografía y unos planos tan minuciosos que permitirían levantarla de nuevo, ladrillo a ladrillo, como hicieron los venecianos con la torre de San Marcos, que a todos nos parece auténtica. También aquí, probablemente, todos estaríamos de acuerdo en levantarla porque es el símbolo de una ciudad que, en cuanto llegaron las aguas del turismo a mediados del siglo XIX, buscó eternizarla en las perspectivas de las calles Placentines y de la Borceguinería, que poco después se llamó Mateos Gago. Y sin embargo, los canónigos que proyectaron la Catedral para que en tiempos posteriores se los tomara por locos pensaban tirarla.

Así lo demuestran las trazas del plano de Vidaurreta de Oñate, estudiado por Begoña Alonso y Alfonso Jiménez. Ante él tendríamos que convenir en que si ese proyecto se hubiera llevado a cabo no habría pasado nada: la Catedral hubiera tenido otra torre con similar altura, parecida a las de Viena, Colonia o Burgos, pero no habría sido tan pintada y fotografiada porque, indudablemente, no sería un monumento singular y una pieza arquitectónica madre de la mitad de los alminares musulmanes y maestra de torres coronadas de estatuas, ni habría provocado esa corriente viajera que nos puso en los primeros lugares del mundo.

Y como eso no habría tenido lugar, ahora no nos daríamos cuenta de la importancia de su conservación. Los sevillanos de su tiempo no sintieron la pérdida del Alcázar de Aznalfarache, ni la de la Fuente del Rey o la Alhóndiga. Lo malo es que nosotros, hace unos años, no lamentamos el derribo del Pabellón de Japón, de Tadeo Ando, en la Expo del 92, o que no se levantara el segundo Puente del Alamillo. Tampoco pensamos que podrían haberse convertido en símbolos. Seguimos tan locos como aquellos canónigos.

Antonio Zoido es escritor e historiador

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