Cultura

La Gran Guerra que al final se quedó pequeña

Juan Eslava Galán, Eva Díaz Pérez y Carolina García Sanz charlan sobre la I Guerra Mundial.

el 26 may 2014 / 10:58 h.

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«No sé si vamos a modificar la Historia, pero desde luego sí la geografía». Estas palabras de un general inglés, recordadas ayer por el escritor Juan Eslava Galán, sirvieron para abrir una mesa redonda organizada por la UIMP que, bajo el rubro Paisajes de una guerra (1914-2014) quiso conmemorar el centenario de un conflicto que marcó el arranque del siglo XX. Los participantes de la mesa redonda de ayer en la Feria del Libro. / Foto: Carlos Hernández Los participantes de la mesa redonda de ayer en la Feria del Libro. / Foto: Carlos Hernández «Pueblos enteros desaparecieron del mapa como si la mano de un gigante los hubiera barrido», explicó Eslava, mientras que la también escritora y periodista Eva Díaz Pérez añadía cómo «cuando uno visita los escenarios de las batallas ve hermosas colinas ondulantes que fueron en realidad formados por obuses y trincheras. La I Guerra Mundial fue el ensayo de muchas cosas, también de la guerra moderna». La profesora Carolina García Sanz, por su parte, comentó como este choque, «que según el tópico fue saludado con alegría, como una guerra popular» no contó con la simpatía de los pueblos, y si hubo algún entusiasmo «en las primeras semanas de conflicto la guerra dio su verdadera cara». Una cara que venía moldeándose desde mucho tiempo atrás, según Eslava Galán: «El periodo precedente se llamó paz armada porque todas las naciones aprovecharon el empuje industrial para aumentar su armamento. Si no llevas cuatro años haciendo cartuchería y obuses, la guerra se acaba en dos meses, y no fue así. Muchos creyeron que todo se resolvería como la guerra franco-prusiana, pero entró en juego el fusil con ánima rayada, la ametralladora y la alambrada, que cambia la guerra por completo al impedir las cargas de caballería. Los generales quedan con el culo al aire, porque empezaron pensando en una guerra decimonónica y acabó siendo una guerra del siglo XX». También se refutó en el curso del coloquio la tan cacareada neutralidad de España, que según Carolina García Sanz no fue tal: «Nuestro país tenía ambiciones en el Norte de África, y por ello era importante entenderse con dos potencias como Inglaterra y Francia. No llegaron a existir alianzas, pero sí amistades», apuntó la profesora. «Si España fue neutral, fue porque no podía ser otra cosa», agregó Eslava. «Tras la guerra perdida contra los yanquis solo unos años antes, los conflictos con Marruecos y los problemas internos, era mejor no entrar. Pero de algún modo sí entramos, primero porque el rey estaba casado con una inglesa y la madre era austríaca, y luego porque todo el mundo se dividió en dos bandos: los aliadófilos, más bien liberales, y los germanófilos, por lo general más carcas». En todo caso, conocer la I Guerra Mundial nos permite, como señaló Díaz Pérez, «entender mejor el continente en el que vivimos, las vanguardias y toda esa literatura que la rodea», dijo, para concluir en la ingenuidad que supone llamar a aquel choque de potencias La Gran Guerra: «Luego vino otra mucho peor».

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