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La gran Pepa Montes o su sinfonía de estampas jondas imperecederas

El epígrafe de su espectáculo debería ser el lema de la próxima Bienal de Flamenco.

el 22 sep 2012 / 22:05 h.

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Pepa Montes bailó como nunca.
Teatro Lope de Vega. Una mirada hacia dentro. Compañía Pepa Montes y Ricardo Miño. Baile: Pepa Montes, Abel Harana y Manuel Bellido. Guitarra: Ricardo Miño. Cante: Vicente Gelo y José Méndez. Percusión: Juan Ruiz. Coreografías: Pepa Montes. Música: Ricardo Miño. Diseño de iluminación: Juan Moral. Vestuario: Raquel Urbano, Justo Salao y Vicente D'landres. Entrada: Lleno. Sevilla, 22 de septiembre de 2012.


Una Bienal de Flamenco dedicada al baile, sin Pepa Montes, sería como dejar fuera a Alfred Hitchock en un ciclo de cine de suspense. Pepa, Sevilla, Triana, la Alameda, la escuela sevillana del baile, son indivisibles, una misma cosa. Aunque Matilde Coral haya patrimonializado la escuela sevillana por ser un destacado miembro de ella y llevar toda su vida defendiéndola, esta escuela es mucho más que la maestra trianera y viene de mucho más atrás, de cuando en los cafés cantantes sevillanos del XIX rivalizaban las Coquinera con las Antúnez y la Mejorana con Gabriela Ortega Feria. Hay mucho de Cádiz, el Puerto y Jerez de la Frontera en la escuela sevillana, aunque se insista siempre en Pastora Imperio, que fue quizá quien le dio la última mano de barniz para fijar el estilo, sobre todo marcando y braceando.

En la bailaora de las Cabezas de San Juan hay elementos de toda esa herencia dancística, de ahí que cada espectáculo suyo en la Bienal -es quizá la bailaora que en más ediciones ha estado- sea como experimentar un apasionante viaje en el tiempo, deteniéndonos en distintas etapas de la historia del buen baile jondo. Ver bailar a Josefa Bastos Otero, que así se llama la maestra, en bata de cola por alegrías, es uno de los mayores placeres que podemos experimentar como amantes de la danza jonda de Sevilla. Anoche lo hizo envuelta en una preciosa y luminosa bata blanca, cuyos volantes nos llevaron a la Tacita, pero también a Triana y a la Alameda. Esos paseíllos, sus delicada y encantadora escobilla, casi sin pisar la tarima, y el silencio, algo en lo que siempre insiste esta artista.Los que ya andan diseñando con dinero público el baile del siglo XXV no deberían olvidar nunca esta manera de bailar lo jondo, con su lentitud y majestad, con cantes y toques que, aunque algunos modernos digan que son añejos, son siempre tan modernos o más que lo que nos venden los innovadores. Fue con diferencia su mejor baile, con los cantaores cantándole esas viejas alegrías que se cantaban en los cafés cantantes, con una velocidad de vértigo. Lástima que tanta moya atrás y un sonido de perros deslucieran no solo este baile, sino todos. El cajón debería de estar prohibido en esta clase de bailes, con bata de cola, porque anulan los pies de la bailaora, dejan el cante en un segundo plano y apenas se escucha con nitidez la bajañí.

La caña que bailó anoche Pepa Montes, con bata de cola roja, era una verdadera sinfonía de movimientos, de estampas jondas imperecederas, en la que no sobraba nada. Muy pocas bailaoras de esta escuela saben bailar las falsetas de la guitarra, cuando se calla el cante y habla la sonanta. Precisamente uno de sus bailes más interesantes fue el garrotín que hizo solo a guitarra, la de Ricardo Miño. Vestida con chaquetilla torera, la maestra hizo un ejercicio completísimo, adornando cada nota de la guitarra con una pose distinta y paseándose por el escenario como solo lo saben hacer las que han bailado mucho en todos los terrenos, desde el tablao al teatro. Recordé aquellos garrotines de Carmen Amaya y Sabicas, el gran olvidado de esta Bienal.

Los espectáculos de Pepa Montes y Ricardo Miño son todos muy parecidos, en los que siempre echamos de menos una mejor organización. Ricardo Miño nos obsequia con algunos toques de concierto, en esta ocasión la malagueña de Lecuona, a su estilo, con un sonido tan deficiente que no quedó con la limpieza que esta pieza clásica requiere. Sin embargo, en su bulería estuvo bastante mejor.

Pepa es la que siempre salva los espectáculos, como anoche, que no fue a esconderse sino a dar los veinte reales del duro. Solo se fue del escenario cada vez que tuvo que cambiarse, y cuando volvía parecía que había dormido una siesta. ¡Con qué fuerza lo bailó todo!, sobre todo la caña, el garrotín y las alegrías. Con fuerza y ese regusto que solo tienen las bailaoras de casta y mucho arte. Cada pose, cada desplante, era un cuadro de Juan Valdés, el pintor sevillano, quien desde un palco del teatro estuvo toda la noche tan embobado que no movió ni las pestañas. No era para menos: Pepa Montes estaba bailando como en sus mejores tiempos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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