Cultura

La heroína del baile levantó el telón derrochando arte y majestad

Manuela Carrasco sacó adelante un espectáculo a base de coraje y sentimiento.

el 03 sep 2012 / 22:49 h.

La bailaora lució trajes de Aurora Gaviño y cautivó con su impresionante estampa.

Reales Alcázares. Raíces de ébano . Artista invitada: Manuela Carrasco. Dirección escénica: Pepa Gamboa. Composición musical: Joaquín Amador. Cante: Pansequito, Juan Villar, El Pele, Enrique el Extremeño, Samara Carrasco, Toñi Fernández e Inma la Carbonera. Guitarras: Joaquín mador, Alfredo Lagos y Paco Iglesias. Vestuario: Aurora Gaviño. Entrada: Lleno. Sevilla, 3 de septiembre de 2012. 

La XVII Bienal de Flamenco no ha podido tener mejor comienzo: con flamenco, que de eso se trata, y no con charlotá pseudoflamenca en la Real Maestranza. Lo más parecido a la Giralda, en lo que respecta al baile, es la bailaora de Triana: sevillana de bronce viejo y tan alta que cuando levanta los brazos es capaz de competir con el mismísimo Giraldillo, donde la célebre Campanera, la bolera que nació en el campanario de la torre mora, soñaba con desbancar a sus paisanas Manuela Perea y la Pétra Cámara mientras su padre, Juan el Campanero, le hablaba en francés a los viajeros románticos del XIX para que escribieran de su Amparito.

Manuela Carrasco no ha necesitado nunca directores de escena, libretos o coreógrafos, aunque alguna vez la metieron en esos líos. Tampoco se ha prodigado en contar historias, porque para historia, la suya, la de una gitana que no ha necesitado nada más que un tablao, una guitarra, un cantaor y dos palmeros para detener el tiempo bailando por soleá, por seguiriyas o por bulerías, los tres puñales que le atraviesan el alma desde niña.

Apenas sabe de heroínas griegas porque la heroína, la Diosa del baile, es ella. Pero anoche, en el Patio de la Montería de los Reales Alcázares, en Raíces de ébano, con música de su marido, el guitarrista Luis Amador, la dirección escénica de Pepa Gamboa y escoltada por cuatro grandes cantaores, Juan Villar, Pansequito, El Pele y El Extremeño, Manuela quiso levantar el telón de esta Bienal evocando el recuerdo de Antígona, Ariadna, Helena y Medea, que también podrían haber sido otras cuatro heroínas, pero del baile gitano, como fueron La Macarrona, La Malena, Pastora Imperio o La Coquinera.

Lo de las heroínas griegas ha sido solo el pretexto para rompernos la camisa viéndola bailar lo suyo, lo mismo de siempre, aunque nunca sea igual porque Manuela es una bailaora de inspiración a la que nos resulta fácil encorsetar. ¿Es que nos suenan siempre igual las seguiriyas de Manuel Torres, las malagueñas de Chacón o la soleá de Tomás Pavón, a pesar de escucharlas en vetustos discos de pizarra?

La Carrasco era la reina del espectáculo, la protagonista de la noche, pero uno de sus invitados, El Pele, protagonizó sin duda uno de los momentos que más recordaremos de esta Bienal. El cantaor cordobés está luchando contra una grave enfermedad y había dudas de que pudiera acompañar a Manuela. Lo hizo, y ¡cómo lo hizo! Cuando apareció vestido de negro y delgado como un junco, el público celebró su llegada con aplausos y Manuela apareció con una deslumbrante bata blanca. El de Córdoba bordó algunas coplas por soleá, con su comunicación de siempre y la voz preñada de melismas agridulces, que el público premió con muchos oles. Pero lo mejor vino cuando comenzó a cantar por cantiñas y a Manuela se le enredaron los duendes de la Tacita en los volantes y en los brazos. ¡Qué calidad de cante y qué arte el de la Diosa!

Por fin había soltado el lastre de los nervios y se había metido en la obra, después de bailarle a Juan Villar sus sentidas seguiriyas y a Enrique el Extremeño unos tarantos. Tarda en meterse en los espectáculos, pero Juan el Pele le metió la sal en el cuerpo y alfileres en el alma.

Le bailó muy bien por soleá a un Pansequito algo descentrado, con su garra de siempre y esa fuerza que parece que le va a durar siempre. Estuvo inmensa, pero este espectáculo, que no le aportó nada nuevo al baile de Manuela, lo recordaremos siempre por esas cantiñas que bordó El Pele para que una gitana con bata de cola blanca lograra que la Giralda se asomara más que nunca al Patio de la Montería de los Reales Alcázares.

La Bienal ha comenzado bien. No fue un espectáculo para quitarnos el sombrero, mal iluminado y peor resuelto en lo de la evocación a las heroínas. Pero cuatro voces gitanas vinieron a decirnos que el cante nunca morirá. Y Manuela Carrasco, tampoco. Dios lo quiera.

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