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La lección de Fordlandia

El mítico fabricante de automóviles americano Henry Ford tuvo una exótica idea, para garantizar el suministro de caucho para sus vehículos y acabar con los monopolios británico y holandés. A principio de los años 20 del pasado siglo, invirtió veinte millones de dólares de aquella época, unos doscientos actuales...

el 16 sep 2009 / 02:40 h.

El mítico fabricante de automóviles americano Henry Ford tuvo una exótica idea, para garantizar el suministro de caucho para sus vehículos y acabar con los monopolios británico y holandés. A principio de los años 20 del pasado siglo, invirtió veinte millones de dólares de aquella época, unos doscientos actuales, en levantar una ciudad en el corazón de la selva amazónica. Trasladó desde Detroit casas prefabricadas de madera y maquinaria para una ciudad de aspecto típicamente americano. Por las tardes se organizaban veladas poéticas.

Con afanosos vecinos dedicados al noble arte de la barbacoa en los jardines traseros de los bungalows. Con un espectacular campo de golf. Erigió un hospital, que fue el primero del Estado en practicar la cirugía plástica. Las hamburguesas reinaban y se prohibió el alcohol, con el lógico enfado de los nativos que trabajan en el caucho. Impuso un horario de trabajo absolutamente incompatible con la temperatura y humedad local. Obligó a los levantiscos indígenas a usar zapatos.

Pero el millón de hectáreas plantado para la producción de caucho nunca dio ni una sola cosecha. Las plagas arrasaban las plantas. La malaria y las fiebres abundaban entre los habitantes. Para colmo de males, la nueva solución del caucho sintético acabó con la necesidad de todo este tinglado. En 1945, después de perder todo el dinero invertido en esta aventura, vendió toda la propiedad al Gobierno brasileño por un cuarto de millón de dólares de aquel entonces. Fordlandia permanece desde ese año abandonada, perdiendo la lucha contra la selva. Dominada por un silencio humano solamente roto por un puñado de granjeros y ocasionales turistas.

Esa ciudad fantasma es un homenaje a la megalomanía. Pero también es un buen ejemplo de que no todas las innovaciones, todas las apuestas, ni tan siquiera las mejores intenciones, siempre tienen sentido. El mundo manifiesta a veces una lógica invencible que puede arrasar a la mejor de las intuiciones. Una ley tan inapelable como frecuente, aunque a menudo nos empeñemos en negarla. Como esa recurrente negación colectiva de las burbujas especulativas.

O el desastre provocado por tanta innovación creativa en el mundo financiero. O esas numerosas empresas subvencionadas, hasta hace poco frenéticas en la construcción de miles de casas hoy sin acabar o vender. Cuántas deducciones fiscales, asesoramiento administrativo, donación de dinero público, al servicio de causas inoportunas o inviables, rehenes de una cultura de la subvención inevitable. Esos miles de permisos, ingentes recursos e infraestructuras públicas, al servicio de actividades contrarias al sentido común más elemental.

Vivimos tiempos que nos exigen tener que elegir. Optar entre la perniciosa inercia de los errores del pasado y esos valores alternativos como austeridad, racionalidad, prudencia, oportunidad o sentido de la prioridad. Es la lección de Fordlandia y de esa selva que siempre acecha al más mínimo de los abandonos o de los sueños convertidos en pesadillas.

Abogado

opinion@correoandalucia.es

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