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La ley que no existe

En los últimos días ha aparecido con frecuencia la expresión "ley gitana", una columna sin basa, fuste y capitel a la que, sin embargo, se le otorga la potencia suficiente para producir la pacificación de grupos rivales. El anclaje documental de "ley gitana" se lo debemos, igual que muchas cosas de los alrededores del flamenco...

el 16 sep 2009 / 04:27 h.

En los últimos días ha aparecido con frecuencia la expresión "ley gitana", una columna sin basa, fuste y capitel a la que, sin embargo, se le otorga la potencia suficiente para producir la pacificación de grupos rivales. El anclaje documental de "ley gitana" se lo debemos, igual que muchas cosas de los alrededores del flamenco, a George Borrow que recogía de un gitano extremeño el lamento ante la insolidaridad de los de Andalucía: "La ley del Rey ha roto la ley de los calés", transcribió en Los Zíncali el tory victoriano que vendía biblias.

La ley del Rey a la que se refería era el decreto de Carlos III que prohibía llamarlos gitanos y, por tanto, tratarlos de manera distinta al resto de sus súbditos. Fue una norma más justa que todas las que se les habían dado con anterioridad y, al menos formalmente, terminaba con las diferencias. El reconocimiento de ese derecho llevaba aparejado, naturalmente, los deberes que tenían el resto de los españoles y el decreto no tuvo ninguna culpa de que se hubieran difuminado, o no, las relaciones de hospitalidad o solidaridad en el colectivo. A partir de entonces, simplemente, se situaban en otro nivel, el social.

Que se acuda para solucionar un conflicto a personas de prudencia acrisolada o con experiencia es algo que debe hacerse, también conviene que presenten a las administraciones cuantas propuestas consideren oportunas, pero que el conflicto vaya a resolverlo la "ley gitana" es imposible por la simple razón de que no existe, es una indefinida nebulosa que nadie sabe dónde empieza aunque sí dónde acaba: las declaraciones de algunas mujeres a este periódico sobre el veto -según esa legalidad- de asistir a las reuniones de hombres señalan una desigualdad tribal, anacrónica, que espera la llegada de otra ley -la Ley de todos- que la rompa.

Antonio Zoido es escritor e historiador.

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