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Cofradías

La leyenda del dorado

El taller de bordados de los sucesores de Esperanza Elena Caro deja muy claro que el verdadero espíritu cofradiero no está en las capillas.

el 30 mar 2014 / 21:33 h.

webbordado Detalle de una de las obras en las que están trabajando a día de hoy las bordadoras del taller de la calle Jesús del Gran Poder. / fotos: C.R. Quienes sueñan con grandes fortunas materiales aunque solo sea por evadirse, agobiados por las estrecheces económicas o por los sinsabores de un trabajo opresivo, suelen llevar en su cartera algún boleto de la suerte; un décimo, un cupón, una primitiva a los que anclar su esperanza un día más, una semana más, como una especie de inocente conjuro para transformar la ilusión en riqueza. Quién no habrá pensado alguna vez con cierta avidez en la piedra filosofal de los alquimistas, o más aún en el célebre don que el dios Dioniso concedió al rey Midas: que todo lo que tocara se convirtiese en oro. Sin embargo, pocos sospechan (más allá de alguna socorrida metáfora sobre la salud y el amor) que haya algo más aún más valioso que el oro; algo capaz de generar todavía mayores riquezas. Algo tan espectacular, tan excelso, tan maravilloso que para producirlo haya que transformar el oro en otra cosa, y se salga ganando con creces. Para encontrar esta fábrica fascinante no hay que ir tras las huellas de un viejo químico judío por las buhardillas y los sótanos del París medieval, ni hay que emigrar a la lejana Frigia en busca del tesoro de ese monarca agraciado por el Olimpo. Es en la vieja Sevilla donde se encuentra este laboratorio excepcional en el que lo de menos es el oro y lo de más son las manos que lo trabajan, en finos hilos, para sacar de él algo aún más grande. La calle: Jesús del Gran Poder. El nombre de estos alquimistas: Sobrinos de Esperanza Elena Caro. En sus agujas hay más Semana Santa que en todas las priostías juntas y más pasión que en todos los pregones. Por eso, cuando se supo que la empresa cultural Alminar organizaba una visita a este taller dentro de su máster cofradiero, El Correo y su cicerone para esta guía, Inmaculada Díez, se pusieron en camino ipso facto y sin dudarlo hacia el punto de encuentro: el monumento a Juan de Mesa en la Plaza de San Lorenzo. Hora: las seis y media de la tarde. Lo cual tenía ya en sí mismo algo de metamorfosis. Días atrás hubo que escribir sobre Manuel Chaves Nogales en ese mismo lugar, con motivo de otro reportaje, y aún quedaban en la memoria algunas de las palabras con que el afamado periodista intentaba pintar la plaza hace casi un siglo: «Va cayendo la tarde; en los aledaños de la iglesia hay unas casitas pobres, viejísimas, con sus caras lavadas y sus zaguanes aljofifados. De ellas salen, a medida que las sombras se acercan, unas temblorosas viejecitas, el catrecillo bajo el brazo y el rosario entre los sarmientos de las manos», para añadir, un párrafo después: «Capuchinas, Eslava, Martínez Montañés, Caldereros, Teodosio, Santa Clara, Panecitos. Calles recatadas y silenciosas del barrio de San Lorenzo, sobre las que Jesús del Gran Poder hace pesar su poderío; calles que viven casi exclusivamente de la preocupación religiosa y mantienen en su ámbito la devoción latente, exaltada, como sentimiento único, como norma exclusiva de todo su vivir». Chaves Nogales no era ningún meapilas, por más que se lo pueda parecer a quienes no lo han leído; tenía un exquisito sentido de lo sevillano y de lo cofradiero, que, como bien se encargó de decir, no está en los templos sino en las calles; no en las capillas, sino en los zaguanes y los patios; no en las imágenes, sino en quienes las miran. Sabiendo esto, el reencuentro con la Plaza de San Lorenzo, a esa hora en que el sol empieza a recular por el lado de Torneo, tiene algo de religioso, en el sentido más sevillano y antropológico del término. Una sensación que no decaería, sino al contrario, conforme se fue constituyendo la pequeña expedición encabezada por el guía de Alminar, Javier Spínola, y encaminando los pasos hacia el destino acordado. Tan discreto el lugar, por cierto, que hubo que volver un trecho sobre lo andado porque el grupo se pasó de largo. webbovinasLa tarde, definitivamente, se despedía de Sevilla cuando se abrió el portón del número 53 y las sombras, que hasta esa hora habían sido azules y rosáceas sobre las paredes blancas del viejo barrio, empezaban a colorearse de púrpura y caramelo en el patio del caserón donde los sucesores de Esperanza Elena Caro, con esfuerzos redoblados por ser Cuaresma, bordan de oro las ideas que los cofrades imaginan en sus pasos. La primera sensación, como siempre que se entra en el estudio de un artista, es el olor. Al aroma de los helechos y otras plantas de ese vestíbulo se añaden los de la madera de los bastidores, los caballetes y las vetustas puertas de color chocolate;el de la enea de las sillas de las bordadoras;el de la vejez descolgándose por las paredes blanqueadas, dejando su rastro de desconchones y abombamientos como en todas las casas antiguas del centro de Sevilla, en cuyos muros dibujan extraños y sugerentes mapas; el olor del almidón y el cartón, del fieltro y la bayeta, del lino y del terciopelo... y probablemente para ellas, que lo conocen mejor, el aroma del oro, si es que lo tiene. Y tras esta impresión agradable y estimulante, otra que aún lo es más:el cálido recibimiento de Carlota Elena, quien, antes de franquear el paso a las salas donde aguardan los bordados y las bordadoras, al otro lado de los cristales esmerilados, aprovecha las últimas luces del patio para contar, muy resumidamente, la historia del taller. Tuvo gracia la propietaria actual de la firma cuando aclaró antes de nada, por si alguien de entre los presentes tenía un interés mayormente museístico o historiográfico por el asunto, que aquello «está perfectamente activo». Y no solo activo, dijo, «sino que estamos hasta arriba de trabajo». Aprovechó esa circunstancia para disculparse por el desorden y prevenir a los visitantes ante posibles descuidos con los bastidores y los banquillos, no se los fuesen a echar encima en un rebrinco de admiración. webhilo Carlota Elena explica cómo es el hilo de oro y cómo se trabaja con él. Carlota contó que los primeros escarceos del apellido Elena con el mundo del bordado en oro hay que fecharlos en 1917, algún tiempo después de que Victoria Caro, la pionera, se independizara del taller de las hermanas Antúnez. «Por aquellos años, las mujeres no tenían independencia de ninguna clase», explicó ella: «No podían abrir cuentas bancarias sin permiso de su marido o del cabeza de familia, ni podían establecer un negocio por su cuenta, sino que necesitaban que hubiera ahí un hombre. Entonces, Victoria convenció a su hermano, que hasta entoces no había tenido el menor interés por ese mundo, y entre los dos fundaron el taller de bordados de José Caro, que era él, pese a que la bordadora era ella, pero así eran las cosas entonces». Llamárase de José o de Victoria, pero con los espectaculares diseños de Ignacio Gómez Millán, lo cierto es que la cosa cuajó y empezaron a trabajar con hermandades no solo de Sevilla sino también de otros puntos de España. «Lo primero que hicimos para la Macarena fue en los años veinte la saya de volantes», cuenta Carlota Elena, incluyéndose deliciosamente en ese historial que aún habría de esperar lo suyo hasta verla nacer a ella. No así a su tía abuela Esperanza Elena Caro, quien en los años cuarenta gobernaba ya los asuntos de la casa y quien hizo el simpecado de esa misma hermandad, de la que empiezan a arreciar los encargos: el palio, los faldones, el respiradero del palio... Luego vendrían otros encargos muy sonados de otras varias cofradías, hasta que desde 1947 y hasta mediados de los cincuenta acometen la que será, hasta la fecha y en opinión de la propietaria del taller, la mejor de todas las obras que han salido de él: los respiraderos, las caídas y el techo del palio de la Hermandad de los Estudiantes. «Y ahí ya cogió el taller mucha fama». webfotoelenacaroRefirió también la responsable del estudio que este ha tenido cuatro sedes a lo largo de su historia: el primero, en la antigua calle Tomillo, junto a la Alameda; luego, dos en la calle Conde de Barajas. Y finalmente, de momento, este de Jesús del Gran Poder, desde los años sesenta. Explica más detalles del pasado de la firma, pero los ojos están ya impacientes y juegan a averiguar qué hay al otro lado del esmerilado, de qué palio es ese faldón, con qué cofradía va ese simpecado. Pero lo cierto es que luego, nada más entrar en la primera de las dos estancias que componen el estudio, los ojos de los responsables de esta guía apócrifa se posarán directamente en una de las varias docenas de fotos diversas –familiares, muchas de ellas, en conmemoración del linaje– que decoran sus gruesos muros: la de una sonriente señora que se aplica sobre un bordado con su dedal, su aguja y sus gafas de montura de carey. «Es mi tía abuela, Esperanza Elena Caro», indica Carlota. «Esa es la última foto que se le hizo en vida. Murió en 1985». Las miradas de los presentes, hasta entonces extasiadas por los caballetes y las mesas, repletos de caídas y faldones y otras maravillas semanasanteras, se van de paseo por las paredes. Entonces se encuentran con el arzobispo Amigo saludando a las costureras, y con su predecesor Bueno Monreal de cháchara con la tía abuela, y con una estampa de Santa Ángela de la Cruz y otra de la Virgen de los Reyes, y con un grupo enorme de bordadoras alrededor del manto dela coronación de la Esperanza de Triana... «Esa que está ahí con el uniforme y cosiendo soy yo». Dice Carlota. «Que ni estaba cosiendo ni na, sino que vine del colegio en ese momento y me pusieron ahí para que saliera en la foto». Lo que lleva cosido esta familia, nada más que contando las fotos de esas paredes... «De las ocho capitales andaluzas, solo en Jaén capital no hay ninguna obra nuestra», dice ella, sonriendo. En ese instante tiene a su derecha el flamante frontal del palio de la Soledad de Olivares y el de la Oración en el Huerto de Dos Hermanas, al que hay que colocar el escudo; a su derecha, en otro imponente desparrame de artesanía, los faldones de Montesión. Los miembros de la expedición, tras regresar de su viaje por los muros de la casa, aterrizan de nuevo sobre estas joyas con cuidado de no pasarles mucho la mirada, no sea que las estropeen, de tan primorosas como son. webinma La propietaria, con Inma Díez ante una de las obras en las que están trabajando. Sin embargo, no son tan frágiles estas manufacturas. O no como se supone sino de otro modo. «Por ejemplo, mucha gente se piensa que la lluvia le hace daño al bordado en oro, cuando no es exactamente así. Hombre, la humedad le hace daño porque quieras o no es metal, es oro, pero mucho peor es que no le llueva pero lo guarden en una vitrina donde haya humedad. Es esa humedad continuada lo que verdaderamente le perjudica, más que una lluvia ocasional que se seca y ya está», dice ella. «El problema del mojado no es el oro. Es el terciopelo, al que se le quedan las huellas para los restos y no hay forma de eliminarlas». Las preguntas de unos y otros reolotean por toda la estancia. La dueña muestra los hilos de oro rellenos de seda, explica los distintos dibujos y técnicas, muestra la tremenda diferencia que hay entre un bordado nuevo y otro medio arruinado... Continúa dando detalles sobre la mejor conservación de estas piezas: «Hay hermandades que cuelgan los mantos, por ejemplo, en vertical en una vitrina, y eso acaba deteriorando la pieza porque el peso tira de ella. Lo ideal es guardarlos como los vemos aquí, en horizontal, o si no se puede porque ocupe demasiado espacio, en una superficie inclinada pero que no sea totalmente vertical. Y para doblar las piezas, se hace con el bordado hacia fuera, tela con bordado, porque bordado con bordado se roza y se deteriora». webmesalarga Una de las mesas de trabajo de bordado, de las varias que hay en el taller. Cuando se le pregunta por la vida que tiene, por ejemplo, un manto bordado en oro, Carlota Elena no sabe muy bien qué responder. Se ve que la vida, como sucede con el común de las personas, no depende tanto de los años que se tengan como del trato que uno haya recibido. «Mira este bordado de Montesión. Esto es del siglo XIX, y mira cómo está. Un bordado vive según cómo lo trates. Aunque es cierto que los materiales no son los mismos a lo largo del tiempo, y se nota. Por ejemplo, el oro. El oro antiguo era de mejor calidad. Nosotros usamos hilo de oro de Barcelona. También hay fábricas en Valencia, pero, en general, cade vez menos hacen oro fino. Este tipo de actividad se está perdiendo», dice, tal vez lamentándolo mucho. webbordadorasLas bordadoras no hablan durante la visita. Es de suponer que sí lo hacen cuando no hay curiosos merodeando, haciendo fotos e incordiándolas asomándose sobre el cogote (contra eso no previno nada la dueña). Cuenta que han llegado a hacer trajes de novia, pero no de torero. Y que si sus hijos estudian una carrera y se dedican a otra cosa, por ejemplo a la medicina, no será ella quien se lo afee. De una caja de membrillos de Puerto Real asoman unos hilillos, y un gran almanaque mete prisas desde la pared, al lado de la llave de la luz, a las ocho trabajadoras concienciadas de que a estas alturas de la primavera no pueden dar puntada sin hilo. «Me encantó poder visitar el taller, sobre todo uno que es un referente en la ciudad», diría la guía Inma Díez, tras digerir la impresión. «Al cruzar la puerta fue como si me trasladara a un tiempo anterior, al tiempo en que la ciudad se organizaba en gremios y toda la familia vivía gracias al taller». Y acabó afirmando:«Ya no veré igual un bordado de Semana Santa». A partir de ahora, verá las manos que lo hicieron. No hay oro que pague eso.

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