Cultura

La leyenda pasa el testigo

Crítica del concierto de la Stanley Clarke Band en el Teatro de la Maestranza. * * * *

el 02 nov 2014 / 20:52 h.

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STANLEY CLARKE BAND **** Ciclo Grandes Intérpretes. Stanley Clarke, contrabajo y bajo eléctrico. Beka Gochiashvili, piano. Michael Mitchell, batería. Cameron Graves, teclados. Teatro de la Maestranza. Sábado 1 de noviembre de 2014 Rodeado de unos excelentes músicos tan insultantemente jóvenes que entre los tres no sumaban su edad, el veterano y legendario Stanley Clarke vino a coronar un mes de fábula para los grandes aficionados al jazz en Sevilla, después del baño de satisfacción que nos provocaron los sonidos étnicos de Richard Bona y los clásicos y elegantes de Eliane Elías. Buena prueba de que los genios no tienen porqué serlo en todo, Clarke se disculpó por no hablar español a pesar de estar casado con una chilena, y comenzó su hipnótico y exuberante viaje por los sonidos a tope, a fuego máximo, exigiendo ya de entrada el máximo virtuosismo y la mayor contundencia a su banda, desde la posición de autoridad, categoría y dignidad que le propició su inseparable contrabajo. Lástima que el sonido amplificado no le sienta bien al Maestranza, saturándolo todo hasta convertirlo en ruido; la mesa de mezclas hizo el resto para que matices y detalles pasaran muchas veces inadvertidos. Pero dejando aparte la técnica, lo que se vivió allí fue puro virtuosismo acompañado de exquisito gusto e incontestable habilidad para generar armonía, ritmo y espectacularidad. Lo bueno de cualquier manifestación artística es el descubrimiento, y mientras Clarke no tenía nada que demostrar y tan sólo nos teníamos que dejar llevar por su maestría, otra cosa ocurrió con sus músicos. Ahí sí que descubrimos talento y quién sabe si estrellas del futuro, especialmente un extraordinario Beka Gochiashvili, de Orlando, pianista que con solo dieciocho años pulverizó el teclado mientras su cuerpo se retorcía como un poseso cada vez que se le brindaba un solo, además de acompañar el resto con increíble sentido de la oportunidad, la armonía y el contrapunto. Con él el maestro no tuvo que echar de menos a la virtuosa japonesa Hiromi Uehara, que le acompañara en uno de sus últimos registros y gira. El batería Michael Mitchell no le fue a la zaga, golpeando con rabia y una impresionante energía platillos y tambores de manera también espasmódica pero sin perder en ningún momento el control. Sólo Cameron Graves pareció perderlo puntualmente en los teclados, descompasado o titubeante, aunque en general la suya también fue una exhibición de buen gusto y habilidad. Clarke nos dejó momentos de puro deleite, punteando, rasgando y haciendo percusión con su contrabajo, en plena forma, usando el arco para extraerle los sonidos graves más dulces que quepa imaginar en La canción de Sofia, corte que cierra su último CD Up, o punteando la famosa Partita nº 3 de Bach como parte de las cadencias de uno de los temas que interpretara allá en los 70 con Return to Forever, el grupo que lo consagró junto a Chick Corea y Al Di Meola. Su bajo eléctrico apenas fue testigo mudo del acontecimiento, hasta que en la segunda propina lo cogió en sus manos con postura fotográfica para entonar School Days; qué mejor tema para ilustrar lo que veíamos en el escenario, al maestro, la leyenda, pasándole el testigo a sus jóvenes alumnos.

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