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La Madrugá: Sin camino de vuelta

La Madrugá ofrece un viaje al alma de la ciudad. Sevilla se adentra en su noche más hermosa.

el 21 abr 2011 / 11:36 h.

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Jornada triste para los sevillanos sin cofradías en las calles.

La Madrugá ya sólo es derrota de la oscuridad y la muerte cuando la Esperanza, “con las ojeras y ese rostro de mujer cansada, con ese andar de tacones doblados”, se asoma a la Resolana. Entonces será sólo un recuerdo fatigado, esa noche sin riberas que se había iniciado mucho antes con la saeta a las cinco cruces de Jerusalén en la puerta del viejo cenobio antoniano. Un bosque de cipreses negros pone un nudo en la garganta y hace nuevo un mandato antiguo labrado en carey y plata. Habrá comenzado entonces el viaje de toda una ciudad a su propia alma a pesar del botellón y la marea cani que toma sus calles buscando otras victorias, quizá otras pasiones.

Pero no importa: nadando entre la aspereza del esparto y la delicadeza de los terciopelos juanmanuelinos, Sevilla se adentra en su noche más hermosa siendo fiel a sí misma y sabiendo que en ese momento, en esa hora, no hay tiempo ni lugar, que aún queda muy lejana la amanecida. Que no hay que buscar el centro del mundo si se gravita en él. Las “impaciencias con formas de capas blancas y ruanes de Madrugada”, los tambores roncos de la centuria, el bamboleo de las plumas del Imperio Romano según Sevilla de vuelta a sus cuarteles de San Gil nos anuncian que queda poco para el tintineo de las esmeraldas de José y el tisú de Juan Manuel; para el palacio de Venecia cincelado en plata; el retablo de torturas en la cruz de San Lorenzo; las anclas de plata y alfar; el crujido del madero en el monte Calvario o el rosario de marchas que saludarán el amanecer en la Campana.

El azogue oscuro del Guadalquivir que verá reflejar lo mejor de Triana o el trajín nervioso de las calles nos señalan que está pronto el milagro. La cera todavía es nueva; las flores siguen frescas y las capas de merino aún no han barrido asfalto ni adoquines llevándose la fatiga de la larga noche. En otro lugar, y en otra orilla, las agujas de las dos se reflejan en el río para dar paso a un desbordamiento, que por conocido, no deja de ser nuevo. Triana está a punto de tomar Sevilla con su bergantín de ocho palos y la Madrugá entra en marea alta mientras el palio de los alfareros ilumina la noche como un faro en la tormenta. Triana es ya un torrente de ilusiones abrigadas bajo el terciopelo mientras la noche viaja y el tiempo se detiene en una ciudad que, para entonces, ha perdido su billete de vuelta. En ese momento, la Madrugá ya no conoce el retorno.

Pero antes se había hecho el silencio después de un crujido hondo, de un extraño y sordo bramido que nació en el corazón de la ciudad símbolo. El Gran Poder ya está en la calle, precedido de una cinta estrecha de ruan y cera tiniebla que hace perder el aliento: interrogándonos con su zancada y dejando una pregunta en el aire. Siempre queremos más Gran Poder. Lo adivinamos lejos, más allá de la empalizada de cirios pero siempre se nos va demasiado pronto, casi sin dejarnos contarle todo lo que queríamos, sin llegar a poner a sus pies lo que nos dio la vida, también lo que nos quitó. El Señor nos arranca un trozo del alma a su paso y nos encuentra siempre desnudos, abriendo las aguas subido a su retablo andante mientras la Madrugá se convierte en un torbellino que anuda la vida y la memoria en un cúmulo de certezas que hieren e interpelan. Pero siempre queda la Esperanza y esa gloria de Roma que proclama la Sentencia de Cristo por todos los rincones de la vieja Híspalis. Lo que antes fue juicio ahora es consuelo. Sólo hay luz en torno a la dolorosa de San Gil, a la virgencita de las huertas de la Macarena. La vemos llegar, pero nos vamos con Ella. ¡Y cuánto cuesta dejarla cuando su palio perfecto nos sobrepasa! Qué desolación es ver perderse el manto verde en la fronda del gentío…

Pero a la noche aún le quedan rigores, sonidos de cuaderna gastada y crujidos de espartos viejos que pulen el mármol conventual de San Pablo. El crucificado de Ocampo nos recuerda que Dios muere en el Monte Calvario, que nos marchamos con Él crucificados. El relente de la Madrugá nos indica que cada vez está más próximo el final, que la Virgen de Presentación nos prestará su manto para abrigarnos de esa fría amanecida que despierta a los vencejos por la Magdalena, por la Catedral o la plaza de San Lorenzo.
Pero los barrios de la Sevilla interior aún no han dicho la última palabra. El Manué de los Gitanos llega al Centro para poner firma al milagro. El Sol del Viernes Santo ya se asoma por la Trinidad y la Madrugá empieza a ser sólo recuerdo y una hoja arrugada del programa. Con el cuerpo cortado, con sólo un café bebido y el alma rota nos abandonaremos a un sueño espeso. Se acabó la Madrugá…

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