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La máquina del tiempo

La consejera de Economía es una organizadora nata y aborrece perder horas tanto como derrochar.

el 24 sep 2009 / 11:08 h.

Carmen Martínez Aguayo
A esta madrileña de gesto pétreo y pocos ademanes le ha endosado quien es su jefe desde hace cinco años el marrón más grande de cuantos ahora mismo hay en un Ejecutivo. Cuando José Antonio Griñán le comunicó que quería que fuera la consejera de Economía que habrá de lidiar con una crisis inédita de dimensiones gigantescas, Carmen Martínez Aguayo debió de pensar eso de "quien bien te quiere te hará llorar". Pero tragó saliva y aceptó el reto, aun a sabiendas de que le costará noches de insomnio.

Quienes la conocen admiten que no puede dejar de llevarse los problemas a casa, así que hoy domingo, mientras cocina en familia para la semana y llena el congelador de ricos tupper caseros, le vendrán a la cabeza el casi millón de parados andaluces y la estrepitosa caída del PIB. Es poco expresiva, habla flojito y le gustan tan poco los lamentos como los halagos, así que será su castigada espalda la que lleve en silencio la peor parte.

A los 55 años tiene un currículum de superwoman. Nadie se la imagina tumbada a la bartola. Tiene alergia a perder el tiempo esta viajera empedernida. Escuchar a sus íntimos hablar de ella te hace caer exhausto. Lo organiza todo. Supervisa hasta el último detalle. Si fuera hombre alabarían su capacidad de gestión y liderazgo, como es mujer algunos la tildan de mandona y controladora.

A los 16 años, la vida la puso al frente de una familia con cinco hermanos menores. Como ahora con la cartera de Economía, se puso diligente manos a las obras. Comenzó a trabajar y estudiar, día y noche, durmiendo despierta de pie en los pasillos de un hospital, y fue subiendo a saltitos peldaños en la escalera de la vida. Logró que todos sus hermanos culminaran una carrera universitaria y mientras controlaba los destinos de su familia, se hizo primero enfermera, después médico y llegó a gerente del Insalud. Su primer destino fijo fue una plaza de médico de familia en un centro de salud de Madrid. A principios de los 80, la sanidad pública despegaba a duras penas. Aterrizó en su consulta y empezó a sufrir con aquel caos. Un jefe la retó con desdén a que ejecutara su plan. Acabó dirigiendo la sanidad española. De esa etapa recuerda con dolor una huelga de médicos especialistas. Quiso imponer incompatibilidades en el ejercicio de la sanidad pública y privada y topó con los de su gremio.

Lo suyo es optimizar recursos y no perder energías inútilmente, aseguran en su equipo. Le vendrá bien ante un Presupuesto en cuya nevera empiezan a salir telarañas y en el que lo único que engorda es el déficit público. Pertenece al estrecho círculo elegido por Griñán para aterrizar en la Presidencia de la Junta. Y en aquellas reuniones intensas de unos pocos elegidos brilló su mousse de chocolate casero, que dicen que activa las neuronas como la pócima de Astérix.

La llegada del PP a La Moncloa la envió a Andalucía en 1996. Sacó al Servicio Andaluz de Salud, del que fue gerente, del hondo agujero negro al que le había arrastrado una descomunal deuda. Después, hasta se permitió sentar los cimientos de la investigación con células madres desde la Fundación Progreso y Salud. En la viceconsejería de Economía, donde recaló en 2004, avisó, a veces no con todo el éxito que quería, de que había que ahorrar en vacas gordas y no vivir como nuevos ricos.

Es obstinada y tenaz, austera, madrastra de cinco hijos y abuela de dos nietas a las que lleva en el móvil, de eso sí presume, y que disfrutan cuando la ven salir por la televisión. El secreto de su éxito dicen que es su capacidad para trabajar por objetivos. Apunta a donde quiere ir y no para hasta llegar. Y cuando toca hacer balance, pide cuentas. Le han visto hacer cosas tan insólitas como desmontar un ordenador y arreglarlo. No tenía tiempo para esperar a que llegara el servicio informático. Juega a la PSP y ama la ópera y el fútbol. Tiene el abono del Maestranza y su pragmatismo llega al límite. Se saca la primera fila para garantizarse que si no le gusta el montaje pueda disfrutar de los músicos. Son tiempos difíciles para una madridista cuando el Barça festeja la liga. Habría que escucharla despotricar de esa cuenta de Florentino Pérez de que al Real Madrid le hacen falta 300 millones para salir del hoyo. Puede convencer al más reacio de que el machismo sale muy caro a la sociedad y se ha enganchado a la saga de Larsson. Su pelea callada, como ella, por la igualdad ha conquistado varias victorias en Andalucía. Consiguió que los números del Presupuesto pasaran el examen del género y ahora está dispuesta a hacerlo con la concertación. Pero sin retorcerle el brazo a los empresarios, avisa. Si antes del verano orquesta la firma de la paz entre patronal y sindicatos en plena crisis habrá logrado su primer objetivo. Si no, seguirá robándole horas al sueño.

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