Cultura

La melancolía de un planeta enfermo

La abolición de las corridas de toros debe servir para que el sector reacciones globalmente.

el 29 jul 2010 / 07:31 h.

La abolición taurina de Cataluña, más allá de su valor simbólico y de su extrapolación al interesado debate identitario de los políticos puede servir para poner a remojar otras barbas y profundizar en todas las causas de la decadencia taurina de la tierra de la butifarra.

Los antitaurinos ya han comprobado la escasa fortaleza del enemigo a batir y otras tierras de España con pocas plazas en actividad y aficiones más tibias -es el caso de Galicia o Asturias- podrían seguir más pronto que tarde el mismo camino si los grandes partidos, especialmente el PSOE, no toman este toro por los cuernos en forma de blindaje definitivo que ahorre previsibles debates futuros. Pero la defensa de la fiesta de los toros también necesita de la unión desinteresada de todos los estamentos que participan en su organización. Esa unión tiene que ir más allá de la pólvora gastada en salvas o en pomposas mesas pseudofederativas de escasa representatividad y nula operatividad.

En las jornadas anteriores, según se iban torciendo las previsiones más optimistas, hemos hablado largo y tendido de la presión nacionalista y la batalla de símbolos españolistas; de las trabas legislativas que han ido limitando un espectáculo que ha alcanzado el siglo XXI de forma muy testimonial y residual en Cataluña. Ya explicamos que el trabajo de los antitaurinos comenzó hace mucho y la plaza Monumental de Barcelona es el único coso al que -en la práctica- afecta la prohibición impulsada por la ILP que ayer tomaba rango de ley en el parlamento catalán.

La trayectoria de este histórico coso en el último medio siglo, también la de las otrora activas plazas de Tarragona, Gerona o la Costa Brava, nos permiten abrir otras vías de análisis más allá del victimismo que, en la derrota, se antoja el camino fácil que puede tomar el invertebrado y pasivo planeta de los toros. Y es que se nos llena la boca de hablar de la antigua pujanza taurina catalana, de las tres plazas que llegaron a funcionar simultáneamente en Barcelona, una ciudad que sólo ha despertado de sus ruinas taurinas en los últimos tres años al calor de la reaparición de José Tomás -un oasis temporal truncado por la cornada de Aguascalientes- y la buena gestión de los Matilla, arrendatarios de la familia propietaria, los Balañá, que iba a ser ganadora del envite fuera cual fuese el resultado de la votación de ayer.

Aquella pujanza antigua tuvo mucho que ver con la calidad ofrecida por el viejo Pedro Balañá, un genio todopoderoso del empresariado taurino que convirtió la ciudad condal en el cuartel general del toreo. Ésa calidad no fue cuidada por sus sucesores. La irrupción del turismo en los tiempos del desarrollismo propició la entrada de un dinero fácil que no necesitaba de la excelencia de toros y toreros de primera fila para llenar la caja.

El espectáculo barato para guiris acabaría haciendo desertar a la sólida afición de otro tiempo. El despropósito se consumaba, en el caso de la Monumental, dejando en manos de empresarios de tercera la gestión de corridas sin contenido que terminaron de hundir una plaza para la que algunos ya andaban urdiendo planes. Se terminaba se condenar así un espectáculo que, para más inri, tenía que enfrentarse a la creciente catalanización artificial de todos los resortes de la vida doméstica de una región construida a golpes de inmigración.

Con o sin esas llamadas que quieren separar la abolición del secesionismo catalán, a nadie le puede caber ya ninguna duda del trasfondo político de la drástica medida. La prohibición de las corridas de toros se enmarca dentro de un nacionalismo desquiciado que llega a plantear sanciones para los taxistas que exhibieron banderas españolas tras el triunfo de la selección española. Es innegable que la fiesta ha sido usada como moneda de cambio; que se ha buscado el alto valor simbólico de una prohibición que, en la práctica, condena lo que ya sólo era un residuo. Era el enemigo más débil, pero también el más ilustre, el de mayor resonancia dentro y fuera de España.

Partiendo de esa realidad, las lágrimas de cocodrilo de este peculiar planeta que sigue clamando por los presuntos paraísos que llegarán de la mano del Ministerio de Cultura no deben impedir la autocrítica. Si la fiesta había llegado a ese estado residual en Cataluña no sólo era por la presión y los factores externos, también por la propia idiosincrasia de un mundillo que nunca ha tenido visión de futuro.

Una vez más, el peor enemigo de la fiesta es la fiesta misma: un espectáculo que se defendería solito a base de calidad, competitividad, pujanza e integridad de todos sus resortes organizativos. Más allá de echar la culpa al maestro armero, conviene mirar hacia adentro para saber lo que se hizo mal, lo que se sigue haciendo fatal. Ahora se llora lo perdido, pero hace más de una década nadie movió un dedo para revocar la legislación que metía a las corridas de toros en el corredor de la muerte. Ésa es la pura e irreversible verdad.

Pero podemos extender este análisis a otros terrenos resbaladizos. La recurrente crisis está constituyendo un magnífico ejercicio para comprobar todo lo que le sobraba a la fiesta de los últimos lustros, convertida en un engendro inflado a golpe de ladrillos, pliegos desorbitados y ayuntamientos pretenciosos con espíritu de nuevos ricos. Se esfumaron aquellos duros antiguos que tanto dieron que hablar y sólo quedará la excelencia. Los estamentos taurinos tienen que tomar buena nota. Ahí estará la defensa más cualificada de la fiesta, buscando su pujanza y su difusión mediática como espectáculo de elite y alto nivel.

Salgamos de Cataluña y viajemos a la provincia más taurina de España, que no es otra que Madrid. La decadencia de la Monumental catalana debería ser un ejemplo para la plaza de Las Ventas, que sigue constituyendo un sustancioso negocio directamente proporcional al estruendoso fracaso de su gestión.

En Madrid se dan decenas de espectáculos absolutamente catastróficos en medio de un ambientazo que nada tiene que ver con el despropósito que se perpetra en el ruedo. ¿Hasta cuando? Cataluña también desperdició sus días de vino y rosas mientras los mercaderes del templo convertían las corridas en pantomimas. Son dos caminos convergentes. El ejemplo de Cataluña sólo debe servir para la unión definitiva de todo el toreo y hay que dejar de llorar por las esquinas.

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