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«La misericordia supera todo muro, lleva a buscar siempre el rostro del hombre»

El papa Francisco dedicó su catequesis semanal a la educación en misericordia propia de la Iglesia como madre.

el 10 sep 2014 / 23:39 h.

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El papa Francisco saluda a los feligreses a su llegada a la audiencia general de los miércoles en la plaza de San Pedro del Vaticano. / efe El papa Francisco saluda a los feligreses a su llegada a la audiencia general de los miércoles en la plaza de San Pedro del Vaticano. / efe Acompañado por una gran multitud de peregrinos, muchos de los cuales pudieron saludarlo, el papa Francisco comenzó su catequesis semanal recordando que «un buen educador se concentra en lo esencial. No se pierde en los detalles sino que quiere transmitir lo que verdaderamente cuenta, para que el hijo o el alumno encuentren el sentido y la alegría de vivir (…) y lo esencial, según el Evangelio, es la misericordia». Recordando las enseñanzas ‘sean misericordiosos, como el Padre vuestro es misericordioso’ (Lc, 6,36), Francisco se preguntó en esta intervención si «¿puede existir un cristiano que no se misericordioso? No. El cristiano necesariamente debe ser misericordioso, porque esto es el centro del Evangelio». Con esta centralidad de la Misericordia, continuó el Papa «la Iglesia se comporta como Jesús. No nos da lecciones teóricas sobre el amor, sobre la misericordia. No difunde en el mundo una filosofía, una vía de sabiduría. La madre Iglesia, como Jesús, enseña con el ejemplo, y las palabras sirven para iluminar el significado de sus gestos».   "LE DAMOS, LE DAMOS" Con un lenguaje claro y didáctico, el Papa explicó que «la Iglesia nos enseña a dar de comer y dar de beber a quien tiene hambre y sed, a vestir a quien está desnudo. Y ¿cómo lo hace? Lo hace con el ejemplo de tantos santos y santas que han hecho esto en modo ejemplar: pero lo hace también con el ejemplo de tantísimos papás y mamás, que enseñan a sus hijos que lo que nos sobra, es para quien no tiene lo necesario. Es importante saber esto. En las familias cristianas más simples ha sido siempre sagrada la regla de la hospitalidad: no falta nunca un plato y una cama para quien tiene necesidad. Una vez, una mamá me contaba, en la otra diócesis, que quería enseñar esto a sus hijos y les decía que hay que ayudar y dar de comer a quien tiene hambre. Tenía tres hijos, y un día en el almuerzo – el papá estaba afuera, en el trabajo – ella estaba con los tres hijos, chiquitos: siete, cinco y cuatro años, más o menos. Y llaman a la puerta y estaba un señor que pedía de comer. Y la mamá le dijo: ‘espera un momento’. Entró y les dijo a los hijos: –‘Hay un señor allí que pide de comer, ¿qué hacemos? –¡Le damos mamá, le damos! Cada uno tenía en el plato un bife (filete) con papas fritas. –Muy bien. Tomemos la mitad de cada uno de ustedes y le demos la mitad del bife de cada uno de ustedes. –¡Ah, no mamá, así no va! –Es así, tú debes dar de lo tuyo’. «Y así, esta mamá»,” prosiguió el papa Francisco, «enseñó a los hijos a dar de comer de lo propio. Éste es un hermoso ejemplo que a mí me ha ayudado tanto. Pero, no me sobra nada…». Pero ¡da de lo tuyo! Así nos enseña la madre Iglesia».   El Pontífice conversa con un grupo de monjas. / EFE El Pontífice conversa con un grupo de monjas. / EFE EL ROSTRO DE CADA HOMBRE El Santo Padre se refirió también a las obras de caridad en la atención no sólo de pobres materiales, sino de enfermos y encarcelados que diariamente «simples hombres y mujeres, ponen en práctica esta obra de misericordia en una habitación de hospital, o en una casa de reposo, o en la propia casa, asistiendo a una persona enferma». En este sentido, refiriéndose a la atención de los presos el Papa destacó: «Escuchen bien esto: cada uno de nosotros es capaz de hacer lo mismo que ha hecho aquel hombre o aquella mujer que están en la cárcel. Todos tenemos la capacidad de pecar y de hacer lo mismo, de equivocarnos en la vida. ¡No es más malo de ti o de mí! La misericordia supera todo muro, toda barrera y te lleva a buscar siempre el rostro del hombre, de la persona, y es la misericordia que cambia el corazón y la vida que puede regenerar una persona y permitirle de integrarse de nuevo en la sociedad». Francisco recordó el ejemplo de la beata Teresa de Calcuta cuya festividad se celebra el 5 de septiembre. Su labor, señaló el Papa «por las calles de Calcuta es lo que han hecho y hacen tantos cristianos que no tienen miedo de apretar la mano a quien está por dejar este mundo. Y también aquí, la misericordia dona la paz a quien parte y a quien se queda, haciéndonos sentir que Dios es más grande que la muerte y que permaneciendo en Él, también la última separación es un «hasta pronto». Lo había entendido bien esto la beata Teresa. Pero le decían: «Madre, esto es perder el tiempo». Y ella encontraba gente moribunda por la calle, gente a la cual los ratones de la calle le comenzaban a comer el cuerpo. Y ella, los llevaba a casa para que murieran limpios, tranquilos, acariciados, en paz. ¡Ella les daba el «hasta pronto» a todos ellos, eh! Y tantos hombres y mujeres, como ella, han hecho esto. ¡Los esperan, allí en la puerta, para abrirles la puerta del Cielo! Ayudar a la gente a morir bien, en paz». El Pontífice terminó su catequesis subrayando no basta amar a quien nos ama para cambiar el mundo, «es necesario hacer el bien a quien no está en condiciones de correspondernos» al igual que ninguno de los hombres puede pagar a Dios el don infinito de la Salvación.   LAS VÍCTIMAS DE CONFLICTOS En su alocución previa al rezo mariano, Francisco reiteró su cercanía y oración por las naciones castigadas por la guerra. Ante los miles de peregrinos congregados en Roma el Papa invocó la misericordia y la paz del Señor, y saludó con especial cariño los participantes de lengua árabe, en particular a las procedentes de Siria y Oriente Medio, en que «¡la Iglesia, siguiendo el ejemplo de su Maestro, es maestra de misericordia: afronta el odio con el amor; derrota la violencia con el perdón; responde a las armas con la oración!».

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