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La montaña de Mahoma

Todas las bocas de avenida que conectan la periferia con el Centro se han llenado de carteles sostenidos con alambres a las vallas de los solares y con idéntica leyenda en colores llamativos. Dicen "Compro oro". Son la nueva versión de la casa de empeños y de los antiguos montes de piedad que sólo en la Spaccanapoli de la ciudad del Vesubio...

el 16 sep 2009 / 04:30 h.

Todas las bocas de avenida que conectan la periferia con el Centro se han llenado de carteles sostenidos con alambres a las vallas de los solares y con idéntica leyenda en colores llamativos. Dicen "Compro oro". Son la nueva versión de la casa de empeños y de los antiguos montes de piedad que sólo en la Spaccanapoli de la ciudad del Vesubio siguen manteniendo los colores de oficina siniestra. En la niebla del recuerdo borroso aparece la imagen de una habitación llena de objetos dispares -mantones de Manila, máquinas de escribir Remington y juegos de licor con bandeja de alpaca-.

Aquellas pirámides, dignas de Alejo Carpentier y entrevistas en la penumbra, de la casa de empeño eran la montaña a la que pobres Mahomas se veían obligados a ir después de haberlo intentado todo y cuando ya no había otro remedio: se iba a aquella montaña, se dejaba allí la prenda, se recogía un dinero tintado de desgracia y se volvía para empezar de nuevo. Después todo aquello fue quedando lejano y hasta se hizo realidad que las montañas se acercaran. Venían en forma de operación especulativa, de negocio redondo, de fácil pelotazo.

Entonces se creyó en los milagros franqueados con sellos celestiales y destinados a uno mismo, en los sobres del cuerno de la abundancia, en las montañas que llegaban cargadas de esas joyas que reclaman con reiteración machacona los carteles en amarillo ácido de los solares. Pero ahora los establecimientos que se indican para la operación ya no tienen los tonos grises de las covachuelas: son pulcros locales comerciales con cristales blindados y balanza de precisión que pesará no la muerte de cama volcada, el embargo o el desahucio de un novelón del sábado sino los suntuosos caprichos y los regalos desmedidos. Con frecuencia serán las balanzas del juicio final de la insensatez.

Antonio Zoido es escritor e historiador.

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