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La mosquita muerta de Obama

Declaró la guerra a los abusos perpetrados por las grandes empresas sobre los ciudadanos en tiempos de crisis. Ordenó la retirada progresiva de las tropas estadounidenses en Cuba. Obró el milagro, pese a la complicada tesitura económica mundial, de que la gente cobrara un poco más y trabajara un poco menos...

el 16 sep 2009 / 04:30 h.

Declaró la guerra a los abusos perpetrados por las grandes empresas sobre los ciudadanos en tiempos de crisis. Ordenó la retirada progresiva de las tropas estadounidenses en Cuba. Obró el milagro, pese a la complicada tesitura económica mundial, de que la gente cobrara un poco más y trabajara un poco menos. Protegió la naturaleza frente a los especuladores del suelo y de las riquezas forestales, que no eran pocos ni cobardes.

Relanzó la imagen de fortaleza de su país en el mundo y avivó su empaque moral y, pese a su mocedad (presidente de los Estados Unidos a los 42 años), no se anduvo corto en frases para la historia: "Hay que hablar tranquilamente, al tiempo que se sostiene un garrote." Diálogo y firmeza. Hondura y determinación. Pero nada de eso importa, porque un incidente con un animalito marcó el recuerdo que de él habría de quedar: en un día tan tonto como cualquier otro de noviembre de 1902, Theodore Roosevelt perdonó la vida a un osezno al que tenía encañonado estando de cacería.

Han pasado más de cien años, pero es probable que no haya un solo niño rubito pelado a la taza de la Costa Este americana que no duerma cada noche abrazado a su osito Teddy sin tener ni puñetera idea de quién fue y qué hizo Roosevelt. Ni siquiera las más abracadabrantes consolas, bicicletas, locomotoras eléctricas o lo que fuese, han logrado imponerse en todo este tiempo sobre esa bobalicona criaturita de peluche en las compras de regalos navideños de los norteamericanos. Cabría decir mucho de un político en cuyo currículum combina el haber desatado una terrible guerra contra España sin motivo y basándose en mentiras atroces, la de Cuba (cuántos chiquillos insomnes no volverían a abrazar a sus padres en las noches más tristes), con su proclamación como premio Nobel de la Paz. Pero para lo bueno y para lo malo, de Teddy ya sólo queda el osito.

Mas nada es eterno, y menos desde esta semana. Es muy probable que, a partir de pronto y durante siglos, las nuevas generaciones de estadounidenses jubilen por fin al viejo Teddy y duerman acurrucados a la mosquita muerta de Obama. Porque el día en que todos los periódicos del mundo abrían con grandes manifestaciones (de iraníes o de béticos, según el que uno comprara), el día en que Israel estuvo a punto de devolverle las cartas a su novia americana, el día en que los británicos se negaban a investigar las tropelías cometidas en Irak, el día en que la agencia Moody's les levantaba las faldas a los bancos y cajas de ahorro de España, el día en que se supo que la crisis ha acabado ya con cerca de tres millones de empleos en Europa, ese día, Barack Obama mató a una mosca de un golpe cuando lo entrevistaban en directo para la CNBC.

Es curioso que ese grotesco ídolo que la literatura creó con el nombre de El Señor de las Moscas fuese un tótem de la estupidez humana y de la renuncia a la civilización. De la majadería de un mundo que, por imitar a Obama y salir en el youtube, se ha puesto a matar moscas con el periódico sin detenerse a mirar siquiera de qué manifestación se hablaba en su bonita portada en color.

Periodista.

crufino@correoandalucia.es

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