Cultura

La música se toca, pero no se rinde

El Estadio Olímpico se entregó a Alejandro Sanz y sus amigos en un espectacular concierto.

el 20 jun 2013 / 00:37 h.

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conciertoAlejandroSanz057 Hay quien sostiene que la crisis va a tener, como repercusión positiva, un efecto de saneamiento del mercado musical saturado, y que será una forma de regular la locura que ha vivido la industria del espectáculo en los últimos decenios. Alejandro Sanz, un artista que ha hecho taquillas millonarias y barrido en las listas de ventas, podría ser un buen botón de muestra ahora que ha alcanzado la plena madurez. ¿Se hundirá con la coyuntura, o resistirá las embestidas de la crisis? Lo veríamos en Sevilla. Primera impresión: la afluencia a los conciertos se ha rebajado drásticamente. La ubicación del escenario en el ecuador del estadio, y no al fondo, indicaba que en caso de llenar, sólo se llenaría medio Olímpico. Y ni siquiera llegó a eso, aun tratándose de un recital especial, que sería grabado, según se anunció, en DVD, Eso sí, el público asistente, abundante en todo caso, se entregó de principio a fin, coreando todas y cada una de las canciones como si no hubiera mañana, aplaudiendo a rabiar y rozando la histeria en cada gesto del ídolo. Con un retraso de media hora sobre lo previsto saltó al escenario Alejandro Sanz para abrir con un mensaje en vídeo por la protección del ártico, para seguir, tras un primer alarde de efectos lumínicos, con Llamando a la mujer acción. “Sólo digo Sevilla, y ya no tengo que decir más ná”, dijo el cantante. “Sevilla, que en mi infancia fue tan importante... Yo le quiero devolver eso esta noche. Voy por ti”, añadió extendiendo el índice y sacando su mejor sonrisa. Aumento general de pulsaciones y de la humedad relativa en el Estadio, que transpiraba devoción a chorros. El cantante se mostró en buenas condiciones vocales, arropado por una banda de musicazos que fue sonando con más justicia conforme avanzó el recital, con temas como Cómo decir sin andar diciendo, Se vende y -la primera invitación de la noche- Desde cuándo con una sobresaliente Malú. Lejos de encelarse con artistas advenedizos que le han pasado por la derecha en ventas en muy poco tiempo, Sanz los llama a su lado y los pone a cantar sus canciones. Tras el medley de Nuestro amor será leyenda, El alma al aire y Labana, hizo Quisiera ser, Camino de rosas, un popurrí más y Cuando nadie me ve antes de invitar a cantar la inmarchitable Mi soledad y yo a David Bisbal, ese chico que opone a la melancolía de Sanz su irresistible vitalismo naif. Algo parecido puede decirse de Pablo Alborán, invitado en Mi marciana y actual rey de ese cantar al amor doliente. Una invisible jerarquía hizo que, aunque ambos trataran a Sanz de colega a colega, quedara claro que los galones los tiene el madrileño. Para este modesto cronista, sin embargo, uno de los mejores momentos de la noche llegó con la versión de Veinte años con Jamie Cullum al piano. Más allá de su pinta de niñato despeinado y enteradillo, el de Essex es un intérprete prodigioso: de las muchas cosas que los fans de Sanz agradecerán, una será descubrirles a este monstruo. Siguieron varios hits garantizados: Corazón partío, No me compares -maravilloso Manolo García-, No es lo mismo, canción que da título a uno de sus mejores discos, y Looking for paradise, que hace lo propio con uno de los peores. Llegados a este punto, cabe subrayar dos hechos: uno, que Sanz ha tenido en veinte años una progresión extraordinaria, pasando de ser una cara bonita de pegatina del Super Pop a un compositor serio, capaz de crear canciones de gran altura técnica y lírica. Pero también se da la evidencia de que algunas de esas grandes canciones tienen como principal debilidad precisamente la voz del cantante, sufrida en la ascensión a los agudos, más chillona cuando tendría que volverse más íntima y recogida. A sus fans les da igual: lo quieren a él, vivo o muerto. Pero si no gira hacia registros más sensatos y menos exhibicionistas, será un gran dolor de cabeza para sus técnicos de sonido. Nada de eso impidió que el final del concierto fuera apoteósico, como cabía esperar: bises de Amiga mía e ¿Y si fuera ella? para rematar una noche de pop español por todo lo alto, ahora que esa escuela ha visto apagarse en poco tiempo a tantas de sus estrellas. El cantante supo seducir, adular, reír, encender y hacer llorar a su auditorio, y ese catálogo de emociones sólo se retribuye con muchos vítores y promesas de lealtad eterna. La conclusión -provisional- es que Alejandro Sanz, además de haber reclutado en dos décadas una ingente legión de seguidores que no se fugarán en estampida de la noche a la mañana, ha sufrido lo suficiente como para no desfallecer a las primeras de cambio. En Sevilla demostró que, por adversos que vengan los tiempos, está en condiciones de plantar mucha batalla. ¿Y la música? Se toca, pero no se rinde.

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