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La nieve es blanca

Borges decía que el budismo era más una psicología del ser humano que una religión. Según un relato budista, que cita en su magnífica obra Pankaj Mishra, dos ciegos deseaban saber qué eran los colores. Uno de ellos, al que se le dijo que el blanco era el color de la nieve...

el 15 sep 2009 / 04:25 h.

Borges decía que el budismo era más una psicología del ser humano que una religión. Según un relato budista, que cita en su magnífica obra Pankaj Mishra, dos ciegos deseaban saber qué eran los colores. Uno de ellos, al que se le dijo que el blanco era el color de la nieve, supuso que el blanco significaba frío; al otro, al que se le dijo que el blanco era el color de los cisnes, pensó que blanco era algo que pasaba en un susurro. Buda, que nació en el siglo VI a.C. en una pequeña ciudad del Himalaya, creció en una época de transición de ciudades-estado feudales a imperios centralizados, que trasladaban el poder local hacia gobiernos tan tiránicos como distantes. En ese contexto, Buda desarrolló un conjunto de ideas, tan elementales como cotidianas, que giraban sobre la idea de la angustia humana y la pérdida de los valores en un mundo en crisis. Una doctrina que hoy se extiende por el mundo entero y que domina el pensamiento religioso en toda Asia.

Es imposible entender a los padres de la India moderna, a Gandhi o a Nehru, sin comprender los valores budistas de la no violencia o el principio de liberación del ser humano de la carga del dolor. Como tampoco se puede entender a la India, su nacionalismo, sus contradicciones, su entrega a la fe del progreso industrial o a diversas convicciones revolucionarias que hoy perduran, sin analizar el pensamiento de intelectuales budistas como Dharampala o Vivekananda. Corrientes teóricas que marcan un sendero claramente divergente de pensadores islámicos como Mohammed Iqbal, Mohammed Abduh o Sayyid Qutb, "padre" del islamismo radical. Unos, como los otros, intelectuales de clase media educados en instituciones de corte occidental, que evidencian dos maneras distintas de aproximarse al dominio global de Occidente de los últimos siglos. Cómo olvidar, por su extraordinaria carga simbólica, la destrucción de la enorme estatua de Buda de Bamiyán por los talibanes afganos.

Un matiz religioso necesario para interpretar la compleja ecuación contemporánea entre nacionalismo, economía y globalización. Imprescindible para entender la sutil actitud asiática frente a occidente. O incluso la relación con el Islam. Es una verdadera alegoría el pulso entre China, ese imperio con la mayor población del planeta, con un feudalismo trasnochado, con una industria poderosa y una élite empresarial típica del primer mundo, con el líder budista de una remota y casi inaccesible región del Himalaya. Hoy el mundo sigue convulso por conflictos con evidentes raíces religiosas. Disputas irresueltas sobre política exterior, seguridad nacional, libertad y derechos humanos, tolerancia con religiones intolerantes, agendas institucionales y comerciales indiferentes a principios morales. Viejos problemas en un mundo más estrecho. Añosas contiendas dirimidas, con suerte, en los susurros de la fría lógica del poder. Tal vez todo sea un simple exceso de protagonismo de aquéllos que aún confunden el frío o un susurro con el color de la nieve.

Abogado

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